El conejo que perdió su cola
Autor: Eduardo Sánchez Sánchez
En un rincón del bosque, debajo de un frondoso higuerón, cuyas gambas se refrescan en las mansas aguas de un riachuelo, tomar la siesta un pobre viejo, quien recolecta plantas medicinales para distribuirlas en el pueblo.
Una jauría y los gritos de su amo incitándola a dar pronto con la presa, interrumpen el sueño placentero del anciano, quien se incorpora lentamente y recuesta su cuerpo al frondoso árbol; limpia sus ojos para poder mirar mejor lo que sucede y con temor observa a tres furiosos perros que se acercan ladrando estrepitosamente.
– ¡Quietos, quietos, dejen al viejo en paz…!
– Oye viejo… ¿viste pasar a mi presa por acá?
– ¡No joven, yo solo estaba…! el viejo no pudo terminar su frase, el joven y sus feroces mastines, corren desenfrenadamente tras su trofeo.
El hombre de delgada figura, cabello blanco y luengas barbas, toma su saco de guangoche, en donde guarda plantas medicinales y algunas frutas, recogidas en el bosque; lo pone sobre su espalda e inicia el camino rumbo al pueblo.
A la vera del camino, entre una planta espinosa, observa la cola blanca de un conejo; comprende que pertenece a la presa que busca el joven cazador, que la perdió en su huida. La tomó entre sus manos y con ternura la guardó en su viejo saco, mientras exclama:
– ¡Quizás me traiga suerte!
Tras una larga caminata y antes de ingresar al pueblo, agradece al Todopoderoso por los productos obtenidos y clama por una venta exitosa.
Recorre el pueblo ofreciendo sus productos de puerta en puerta, nadie compra nada y otros ni siquiera abren la puerta de su casa. No entiende que sucede hoy y decide regresar al bosque. Exhausto, se sienta sobre la hierba y decide comer un poco de la fruta que no pudo vender.
De pronto, los gritos del joven amo arengando a su jauría, para encontrar pronto a su víctima, rompen la quietud del lugar.
– Oye viejo… ¿Viste pasar a mi presa por acá?
– No, contestó el hombre sin siquiera levantar la vista para contemplar al cazador, el que, con tanta insistencia, buscaba a su víctima para arrebatarle la vida.
Se dispuso a sacar una fruta para calmar el hambre y lo primero que encontró fue la cola del conejo.
– Pobre conejo, debió dolerle… ¡Ojalá no lo encuentre el cazador! Mientras con una de sus manos sacude la cola, dice:
– Si fueras mágica me ayudarías a cambiar mi destino, pero eres consecuencia de la injusticia, del dolor de un indefenso animal que corre para salvar su vida…
De pronto, cientos de luciérnagas iluminaron el lugar y desde lo alto se escuchó una voz:
– “Haz demostrado amor y compasión hacía una indefensa criatura; de ahora en adelante dejarás de vagar, ya no pasarás necesidades y este bosque será tu hogar”.
Reinó el silencio y las luciérnagas desaparecieron, todo volvió a la normalidad.
El viejo pasó sus manos por sus ojos, no estaba seguro si había sufrido una alucinación o si había soñado. Desconcertado, se levantó para alejarse de aquel lugar. Trató de levantar su saco para ponerlo sobre sus hombros, pero no pudo, estaba demasiado pesado. Incrédulo lo abrió y observó que los frutos silvestres, que había recolectado, lucían esplendorosos y de un hermoso color dorado. Tomó uno de ellos entre sus manos y descubrió que eran de oro puro.
Las plantas lucían hermosas y aromáticas flores que perfumaron el lugar y a su alrededor las aves cantaban alegremente. Agradeció al Creador por aquel milagro. Buscó el apéndice del pobre animal, pero había desaparecido.
Tiempo después, el viejo construyó una casa en el mismo terreno en donde había invocado a la suerte. Nunca olvidó el milagro recibido y fue generoso con los más necesitados, les brindó abrigo y alimento a los caminantes.
Cuentan que de vez en cuando, lo visita un hermoso conejo blanco…