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Relato de Experiencias

Temporada de mariposas

Autor: Germán Antonio Cedeño Volkmar

Año: 2023 Ha sido, sin dudas, una de las más grandes alegrías que me ha regalado la vida y que aún atesora mi memoria. Ocurrió hace ya mucho tiempo, en aquella casita, al pie del cerro que se imponía con solemnidad.

Es más que un sentimiento la vida feliz. Esa que se vive como Niño Jesús, en pañales de algodón y que de tanta cotidianeidad no la adviertes.

Amanecía aquella calle llena de colores, ante la mirada atenta, plena de asombro. ¿Qué es esto? No es el arcoíris. Había algo más que, aunque queríamos, no podíamos atraparle.

Ese otro que habitaba también allí en aquel cerro lo era todo. La ilusión de lo que no es posible tocar. La enseñanza de descubrir la calma, la tranquilidad y la paz, luz y silencio. Un gran amigo, en aquellos rústicos predios.

Las inquietudes e interrogantes no cesaban, ante la calle parida de amaneceres conmovedores, con nubes colmadas de motas de algodón. ¿Qué será eso? La niñez todo lo ve con asombro, indaga y se interesa por conocer. Así el camino, salpicado de tomates y mostazas, ofrecía las deseadas hamburguesas, que abrían el apetito infantil. Gusto que trascendía el hambre por el conocimiento.

Al caserío levantado en aquel cerro esa mañana llegó: ¡La Temporada de Mariposas! ¿Tienen una idea, en el corazón de aquella niñez, lo que aquello puede significar? Llegaba ese acontecimiento mágico, ver y sentir tanta vida en esos seres alados revoloteando a nuestro alrededor. Eso era inevitable. Se presentaban sin aviso, aleteando tan cerca, a manera de salutación.

La calle era empedrada. Y el cotidiano escenario en el que ocurría aquel majestuoso fenómeno de la creación. Era así como la niñez se vestía de pregoneros, con los periódicos doblados en la mano, como sonajero que soplaba y cantaba la melodía sinfónica de aquel vuelo. Al que las mariposas sucumbían cautivadas en el embeleso de aquellas aireadas luces y tonalidades, entre risas infantiles.

Aquello parecía una secuencia fílmica que se repetía, sin cesar. Una película continuada, de la temporada de mariposas en la que llegaban en bandadas, de manera reiterada y copiosa.

En ese escenario luminoso, se podía distinguir el vuelo de la rigurosa mariposa amarillo mostaza, símbolo del saber abundante. Especie con la que se quedaba Jorge Vinicio, quien tenía gusto por conocer y estudiar los insectos.

Yiyo, quien se deleitaba de las pastas y salsas en la mesa, solía quedarse con las mariposas de color tomate y zanahoria.

Las mariposas blancas inmaculadas y de hermosos ojos eran las predilectas de las niñas: Marielos, Cecilia y Kathia quienes corrían y jugaban en una danza de manerismos arriba, abajo, escapaban a un lado y otro hasta alcanzarlas.

En ese torbellino de mariposas iban de igual manera las negras, con la riqueza exótica de variados matices rojos, morados y anaranjados. “Déjenmelas a mí”, gritaba Simón, quien quería de grande ser mecánico.

La Reina, la mariposa Monarca, símbolo de lo trascendente, lo resolutivo y de la muerte ancestral, nos tocaba a todos por igual. Cada quien lidia con ella, desde sus diferentes modos de ser tras aristas del mismo prisma. Ya luego solo queda esperar el viaje por venir, para toparnos cara a cara con la verdad de la vida. Así, lo enfrentamos todos juntos desde la niñez en aquel caserío, al pie de aquel cerro con la lamentable y sentida partida de Manchita la mascota del amiguito Carlos Luis.

Otro grupo numeroso de mariposas tomaban otros senderos y no sucumbían al llamado de la melodía del periódico aireado y soplante en mano de aquella niñez plena de ternura, sino que seguían en su búsqueda hipnótica de otro porvenir.

Desde allí, esa naturaleza viva del cerro me enseñó la migración como opción colectiva cuando se expone a riesgo el desnudo de la fragilidad de la vida. Un arrostrar de las sombras en un juego de verdades claro – oscuras del poder de la razón fuera de sí, que desalma; y el poder de la razón instintiva en sí que anima la búsqueda en defensa dinámica de la propia vida.

Los del cerro vivíamos con el privilegio de presenciar y participar en tan mágico espectáculo de experiencias, ilusiones de los sentidos. Y los modos de existir consciente en las luces del saber natural, que da respuesta a los cuestionamientos propios en ciudadanía.

Por tanta emoción, Oswaldo, mi hermano, no quería ir a la escuela y jugaba al escondite con mamá, quien viendo la hora de ir a la escuela lo buscaba y lo encontraba, dentro del pipote lleno de ropa.

Cuando Oswaldo, lograba salir a soplar su melodía del vuelo en amistad conjunta con el colectivo infantil, la naturaleza era generosa con él y le regalaba una esplendorosa mariposa Morpho, de alas celeste relampagueantes.

Yo solía quedarme con los espejitos, mariposas “alas de cristal” no tan preciados. Casi sosos, volaban con la parsimonia meditativa de la paz, estaban allí para entregarse y ser tomados entre manos sin hacer tanto uso de la fuerza ni el revoloteo de la mente. Con el vuelo melodioso de estos espejuelos puedes descubrir el valor de la transparencia y su posibilidad de refractar, reflejar y descomponer la propia luz de la verdad que se es en los diferentes colores que la componen, y elegir los colores del mundo que quieras ver.

Con esa variedad de colores, luces y pasta de la que se está hecho, ante el juego de verdades de la razón, conseguía detenerme, cuestionar y discernir la diferencia entre amigos, y elegir quién soy de verdad. Verme a mí, a los míos y a los demás. Con esta transparencia, tal vez aprendí los otros modos del ser, la abundancia y la gratitud justo medio donde no tienes que reñir. Las cosas que no tienen precio y por lo tanto no se compra ni se pagan.

Creo que, con tanta majestuosidad, el arcoíris y aquel cerro vivo, van al estilo del arte cinético de la vida como obra de arte y creación. Orden divino que se teje sin tejedor. Hoy, no me mueve tanta tecnología, ni sus máquinas deseantes de negocio.

Al parecer, en aquel cerro, la naturaleza y la maravilla del Creador, dieron el ticket que da paso al disfrute de ese escenario con tanta alegría para la niñez, con ese Amor que viene de lo alto. Así lo he recibido muy dentro de mí.

El Amor y la creación de la naturaleza como un todo, lo sabe y lo puede. En ese caserío no había mucho para pagar el precio de los otros juguetes en las vitrinas de entonces. A nosotros, los arraigados en la tierra del cerro, con uñas y dientes, nos dio los mejores regalos: un arcoíris, una melodía sinfónica de vuelos y hasta espejos de prisma que permiten advertir con la luz, lo propio y lo ajeno y lo que conviene de lo que no.

Son esos otros modos de abundancia y gratitudes, los que construyeron principios que han echado raíces dentro de mí y me han dejado satisfecho. No me cabe duda que, al inocente, lo salva la naturaleza divina providente en sí.

¡Viva la naturaleza divina junto a la niñez del mundo!

Cierre de la obra