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Cuento Extranjero

Revelador encuentro

Autora: Miriam Estrella Persiani Santamarina
País de origen: Uruguay

Desde muy pequeña le habían gustado las fotografías. Las guardaba como el tesoro más preciado dentro de una caja de cartón que había contenido una camisa, forrada prolijamente con un papel con corazones rojos.

Y precisamente, el contenido de la caja representaba el recuerdo de seres amados que deseaba tener vivos en su memoria.

Bajaba esa caja desde el estante más alto de su ropero de estilo inglés, para mirar las imágenes como una actividad en sí misma. Tras preparar un té cargado en invierno o una fresca limonada en verano, observaba cada una de las fotos en el sofá junto a la chimenea o debajo de las glicinas en el patio lateral de la casa. En su mente había una persona que debía estar en uno de los retratos en blanco y negro, de la época de su juventud. Sin embargo, a pesar de tratar de reconocer los rostros uno por uno, no lograba encontrarlo.

Ella sabía muy bien, que aquel primer amor en algún momento le había regalado su imagen y que en el dorso le había escrito una dedicatoria, con letra algo despareja, a la que le había añadido su rúbrica y la fecha.

Pero era inútil, porque a pesar de haber buscado durante décadas en períodos estivales e invernales, terminaba cediendo la pesquisa, distraída por fotos más recientes de sus nietos y bisnietos a todo color.

El ritual de la caja se fue haciendo cada vez menos espaciado, reconociendo que el tiempo de búsqueda era cada vez más breve, dado que el cansancio la sorprendía más deprisa.

Los tés y las limonadas se hacían entonces más frecuentes con el ávido propósito de retomar su labor y poder reconocer aquel rostro joven que la había hecho tan feliz en otra época de su vida.

Desde muy pequeña le habían gustado las fotografías. Las guardaba como el tesoro más preciado dentro de una caja de cartón que había contenido una camisa, forrada prolijamente con un papel con corazones rojos.

Y precisamente, el contenido de la caja representaba el recuerdo de seres amados que deseaba tener vivos en su memoria.

Bajaba esa caja desde el estante más alto de su ropero de estilo inglés, para mirar las imágenes como una actividad en sí misma. Tras preparar un té cargado en invierno o una fresca limonada en verano, observaba cada una de las fotos en el sofá junto a la chimenea o debajo de las glicinas en el patio lateral de la casa. En su mente había una persona que debía estar en uno de los retratos en blanco y negro, de la época de su juventud. Sin embargo, a pesar de tratar de reconocer los rostros uno por uno, no lograba encontrarlo.

Ella sabía muy bien, que aquel primer amor en algún momento le había regalado su imagen y que en el dorso le había escrito una dedicatoria, con letra algo despareja, a la que le había añadido su rúbrica y la fecha.

Pero era inútil, porque a pesar de haber buscado durante décadas en períodos estivales e invernales, terminaba cediendo la pesquisa, distraída por fotos más recientes de sus nietos y bisnietos a todo color.

El ritual de la caja se fue haciendo cada vez menos espaciado, reconociendo que el tiempo de búsqueda era cada vez más breve, dado que el cansancio la sorprendía más deprisa.

Los tés y las limonadas se hacían entonces más frecuentes con el ávido propósito de retomar su labor y poder reconocer aquel rostro joven que la había hecho tan feliz en otra época de su vida.

¿Acaso lo había imaginado?, ¿Lo habría soñado? No, ella sabía de su lucidez y de cómo aún se acordaba del nombre y de los domicilios de algunas de sus amigas de la infancia, transcurrida en aquella lejana y pequeña aldea de montaña.

Inclusive, con poco esfuerzo, recordaba aromas y sonidos que la retrotraían a aquellos días tranquilos y alegres que habían transcurrido sin las preocupaciones que empezó a tener cuando se trasladó a la ciudad, una vez casada con el padre de sus tres hijas.

Una mañana fría en el mes de agosto, alguien tocó la aldaba de su puerta con mucha delicadeza. Se extrañó porque a esa hora sus hijas trabajaban y los niños estaban en la escuela o en el jardín maternal.

Se asomó por el patio repleto de las aromáticas glicinas y ahí lo vio. Era él, con una fotografía en blanco y negro en la mano, quién tímidamente le preguntó: – “¿Te acuerdas de mí?”-; y extendiéndole el papel le acotó que eran ellos.

Entraron a la casa tomados de la mano y prepararon un reconfortante chocolate como cuando eran adolescentes.

Cuando estuvieron sentados en el sillón cercano al fuego del hogar, ella tomó la cartulina y leyó: – “Para mi querido Florencio, con todo mi amor. Adela, agosto de 1932”.

XXXII Concurso Literario de Personas Mayores 2023 “Ani Brenes Herrera”

Cierre de la obra