Ideas de un viejo
Autor: Jorge Badilla Rojas
Toda mi vida no he sido viejo nací el 23 abril del 1927. Crecí entre cafetales, cañales, tabacales, potreros, montañas y toda clase de animales; chanchos, gallinas, patos, carracos, ganado y unas cuantas bestias.
Comencé a trabajar desde que tenía diez años, en todas las vacaciones, hasta que salimos de sexto grado. No había colegio. Mi papá nos mandaba a trabajar con los peones y jalábamos una calle entera entre mi hermano mayor y yo. Mi papá nos mandaba a hacer toda clase de trabajos, así aprendí albañilería y carpintería.
Cuando llegamos a los dieciocho años ya teníamos mucha agilidad para alzar sacos, nos gustaba competir con los peones. En esos tiempos no había máquinas para transportar el café, todo era al hombro y a mí me gustaba hacer fuerza. Alzaba del suelo doscientas diez libras hasta ponerlas en el hombro. Yo era un muchacho muy flaco y lo más que pesaba era ciento veintidós libras, pero eso lo hacía muy de vez en cuando porque quedaba muerto, agotado. Hay que tener agilidad y ser mañoso para poder hacerlo.
Por mañoso yo digo que sí llego hasta los cien años. Cuando llegue a los cien años no precisa que hagan fiestas. Si Dios quiere, en el 2027, cuando los cumpla, lo que quiero es un rosario con la familia y los que lleguen. Ya a mis hijos son los que les toca contar esa historia, pero yo digo que sí llego.
Hasta los setenta y cinco años fui un hombre muy trabajador y alentado, que hacía unas fuerzas de loco. A todo le ponía el hombro. Cuando iba llegando a los setenta años me operaron dos veces de las válvulas del corazón. Igual seguí trabajando de fisgón, porque tenía mucha energía y mucha experiencia. Con el tiempo igual se me fue escanciando el trabajo, no tanto porque no hubiera que hacer, si no porque casi ya no podía.
Siempre fui muy tímido, pero también noviero. Me casé a los treinta y tres años y siempre he sido muy feliz. Tengo seis hijos, todos casados, bien casados, dieciocho nietos y un bisnieto. Este grupo de gente es la felicidad mía.
Dios me ha ayudado mucho. Yo le he pedido, para que me dé salud a mí ya mi esposa y a toda mi familia. Yo le pido salud para que puedan trabajar y que sean muy honestos, para sentirme orgulloso de toda mi descendencia. Yo estoy muy feliz y muy orgulloso de todos.
Llegando a los noventa y tres años, le pedí a mi hija mayor, que me comprara un celular. En esos días estaba empezando lo del Covid, y por eso ya casi no nos podían sacar, por seguridad ya nos visitaban muy poco.
Todos en mi familia tenían teléfono menos yo ¡Hasta los nietos! Cuando me trajo el celular, lo primero que hice fue contactar a mis hermanas para contarles que al fin tenía teléfono para que me llamaran. Yo me entretengo viéndolas, y algo les entiendo porque estoy sordito. Antes de tener teléfono, yo me había alegado porque me costaba mucho escuchar a la gente, pero ahora, mis hermanas, mis hijos y mis nietos me escriben y yo les mando audios, hablamos muy seguido.
Poco después le dije a uno de mis hijos que tenía ganas de que me comprara una computadora y que me enseñara a trabajarla. A él le pareció una buena idea, cuando me la trajo me explicó un poquito cómo usarla. Igual a ratos se me esconden las cosas y llamo alguno de los hijos para que vengan a ayudarme. Me siento a las dos de la tarde, me llaman a comer a las seis y yo sigo escribiendo. Justo después de comer me acomodo de nuevo y se me van las horas. Hay días que me han dado las once y doce de la noche.
Esta es mi nueva ocupación. Ya he escrito un montón de historias, más de cien páginas, una de mis nietas hasta me ayudó a imprimir unas en forma de un librito. Me faltan nueve meses para cumplir noventa y cinco años y ando con andadera. Esto es lo que me hace feliz, me entretengo mucho. Entre más escribo, más ideas me llegan a la cabeza.
20 de febrero del 2021.