Deshojando Orquídeas
Autora: Elizabeth Gutiérrez Chavarría
Conducía rápidamente a su hogar. Sus reflejos eran ágiles, aún era joven. Le recorrían en la mente múltiples pensamientos acerca de lo que había vivido en el último año. Su vida había dado giros inesperados.
Ese día había sido particularmente difícil en la oficina. Sentía hambre, pero más que alimentos, ansiaba ternura, comprensión. Al llegar a su hogar, prepararía la cena. Su esposo no llegaría a comer como siempre hace un año. Se había hecho de noche y trató a oscuras de encontrar la llave de su casa. Abrió la puerta con dificultad; encendió la luz y súbitamente lo que vio le hizo retroceder. Cerró los ojos, ¿tal vez soñaba? Al abrir los ojos se encontraría con lo habitual. No fue así.
Su hogar era diferente, algo extraño había pasado. Una asombrosa cantidad de exuberantes orquídeas de diversos colores y formas se encontraban en la casa. Sobre los sillones se encontraban flores de color amarillo pálido con puntos rojos, otras eran purpura con tallos altos y hojas alargadas que semejaban mujeres engalanadas conversando sobre el ultimo té.
En la mesita de aquella esquina cerca del balcón, unas flores de color azul marino parecían tendidas tomando una siesta sobre un tronco. En la mesa colocada con esmero múltiples macetas y troncos con musgo; algunas con flores en forma de mariposas y de pájaros de colores claros, con pequeños capullos. Amaba las orquídeas, su esposo le había regalado un enorme libro sobre ellas cuando eran novios. Pero aquello era sencillamente maravilloso.
No entendía, hace solo horas ella había salido de la casa y colocar aquellas flores era cuestión de días.
El aroma que se percibía era sutil, pero vibrante; por momentos una fragancia de vainilla invadía cada esquina de la habitación. El ambiente era etéreo.
De cada una de las lámparas del techo caían como lluvia de oro, hermosas florecillas doradas, algunas casi tocando el suelo. En la cocina y en la mesa, vasos y platos contenían decenas de ellas.
¿Pero cómo había podido ocurrir esto? Y recordó, la última vez habían discutido acerca de la falta de magia en su relación.
– ¡Nunca me das un gesto de amor, un regalo, un bello detalle!
¡Sólo rutina! -le dijo ella gritando.
Él le dirigió la mirada y sus ojos brillaban intensamente.
– ¡No sabes cuánto te amo! – dijo brevemente, al salir de la casa abruptamente.
En la pila una enorme orquídea violeta, especialmente exquisita, exhalaba su precioso aroma. El agua corría del grifo y le tocaba suavemente, como cuando te toca suavemente una caricia.
En el cuarto su esposo había dejado su suéter en la silla frente al escritorio y múltiples libros en desorden. Le encantaba leer. Solo en ese lugar no se habían dispuesto flores, era su espacio íntimo. El gato estaba en un rincón entre las hojas, profundamente dormido.
Su alma se desbordó al saber con certeza que había sido él y exhaló un profundo suspiro de felicidad. Y, por primera vez, en mucho tiempo sonrío, pero unas lágrimas lentamente se escaparon de sus ojos, recordando la realidad.
Aturdida, buscó la cama queriendo descansar, pero exactamente ahí, orquídeas purpura y amarillo semejando las zapatillas de dama reposaban entre las sábanas. En la alfombra colocadas al azar pequeñísimas florecillas azules, y al intentar salir, pedazos de troncos con orquídeas inmensas casi le impedían el paso. La ducha también estaba abierta y el agua salpicaba el piso. Dos grandes bellísimas y azuladas orquídeas rociadas de agua se entrelazaban como dos amantes. Casi resbala en el piso y al apoyarse en un tronco, algo la hirió sangrando unas gotas; el dolor le verificó que no era un sueño.
Volvió a la sala y sin encontrar donde sentarse se quedó de pie desconcertada y triste, viniéndole a la mente aquellas palabras dichas por su esposo hace un año.
– Hay fuerzas que superan los límites de nuestro mundo-.
Meditó sufriendo.
Si no hubiera ocurrido esa discusión aquella noche; y si no hubiese salido perturbado de la casa, aquel accidente mortal no hubiese ocurrido.