La poza del Tablazo
Autor: Hugo Alberto Alvarado Gutiérrez
Que tus sueños ganen a tus miedos.
Autor Anónimo Cuando las últimas paladas de terrones rojizos se desmoronaban al chocar con las desnudas tablas del ataúd, sentí su mano sobre mi hombro.
Un bigote espeso no lograba esconder la cálida y amplia sonrisa de Lorenzo. Su incipiente pelo canoso le daba un exótico atractivo, acentuando el brillo de sus ojos azabaches y su pizpireta mirada.
El abrazo fue profundo, cálido…cariñoso. Nos había convocado la muerte prematura del amigo común, Domingo Rojas, pariente mío por los Ortega Rojas.
Sólo nosotros habíamos cambiado después de tantos años; el pueblo perdido en las planicies de la bajura guanacasteca, al igual que sus ancianos, era el mismo: tosco, macilento, aferrado a la tierra… y ese día, más triste.
La madera despintada de sus añosas casas y sus techos de tejas disparejas y ennegrecidas por el hollín de fogones, cansados de asar tortillas, apenas distraían la vista cautivada por los frondosos guanacaste, islotes verdes en el mar de pastizales amarillentos y amorronados a su alrededor, que lo hacían parecer más pequeño y solitario.
De Domingo no hablamos mucho. Más bien nos preguntamos del acontecer de nuestras vidas, después de separarnos aún adolescentes, con el bachillerato bajo el brazo, y marcharnos para la capital con la mochila cargada de planes y temores, a estudiar en alguna universidad.
Algunas mujeres apocadas por los prejuicios habíamos regresado al pueblo, como el ganado flaco, que al atardecer de los calurosos días del verano, deja los rastrojos de la sabana y se acerca a beber en el abrevadero, construido en un viejo tronco de cedro; a dos pasos del pozo de los corrales de las haciendas. Solo que esas bestias, – le confié quejosa a mi amigo – cuando las lluvias llenan de nuevo los cauces empedrados de las correntadas que la atraviesan y el pasto reverdece, vuelven a corretear libres y a aparearse en la inmensidad de la llanura, mientras nosotras, asidas al brocal del hoyo de los miedos, nunca nos despegamos del hogar patriarcal.
Absortos en esos hitos de la vida y aventuras que nos habían alejado y ahora nos reunían, recorrimos, en medio de losas y montículos dispersos, los trillos irregulares del polvoriento camposanto, rodeado de árboles de mango, de los que sólo los negros zanates, comían sus frutos.
Epítafios clavados en lo alto de los cruceros de metal herrumbrado o concreto agrietado, dejaban entrever nombres que contaban historias de nuestras raíces, perdidas en las migraciones del norte y el mestizaje con los chorotegas y uno que otro gamonal venido del Valle Central, quien pretendía mantener su efímero sitial con una lápida pintada de azul o verde brillante, aunque los gusanos engordaran por igual con sus despojos.
A pesar de haber abierto mi sombrilla buscando algo de frescor, el ropaje formal para la ocasión nos hacía sudar copiosamente. Familiares y vecinos, luego del póstumo ritual de avemarías y padrenuestros, a boca de la tumba abierta a pico y pala en la calcinada tierra de finales de abril, se habían marchado presurosos, huyendo de la asoleada meridiana.
Algunos dolientes se alejaban al trote de sus caballos, dejando una leve nubecilla de polvo tras de sí, por el camino desgastado por las carretas con dos surcos paralelos, que solo llevaba al cementerio…como el destino de nuestras vidas.
Sin unirnos a su prisa, creyéndonos los últimos, emprendimos el regreso al pueblo. Tomamos el atajo por las fincas colindantes con el río; sombreado por floridos roble sabana y malinches colorados. Lo frecuentábamos desde niños, cuando nos escapábamos por esos arrabales a bañarnos en las pozas del manso torrente de aguas limpias.
Al pausar la animada conversación inicial, dejando espacio al envolvente canto de las chicharras, Lorenzo se detuvo y me besó en los labios. Sintió que consentí, por la sonrisa que esbocé, tratando de disimular mi sorpresa ante el inesperado arrebato en la soledad del campo, Quizás recordó las primeras caricias insinuantes que siempre conducían a una separación repentina y nerviosa de cuerpos acalorados, advertidas como estábamos de evitar a toda costa una relación que “malograra” nuestras vidas y nos estigmatizara con un hijo extramarital.
Sin propuesta previa, la frescura de una arboleda ribereña de almendros de ramas aplanadas y jícaros de verde follaje, impregnada de recuerdos, nos condujo como imán misterioso a la poza del Tablazo.
Nos despojamos de la incómoda ropa que nos asfixiaba de calor y nos colamos desnudos en aquel líquido remanso del río ensanchado. Me había adelantado y con unas cuantas brazadas alcancé la orilla distante, donde la umbría era mayor.
Lorenzo empezó a acercarse caminando lentamente, su musculoso torso se reflejaba en el casi inmóvil espejo acuático. Sonreía, parecía jugar tomando en sus manos ahuecadas agua para derramarla sobre su cabeza y luego peinar con los dedos su lacio cabello humedecido.
De pronto sorprendidos escuchamos un crujir de palos quebrados, muy diferente al de los cocos cuando ruedan al caer o al de las iguanas corriendo asustadas entre la hojarasca seca. Ana María surgió en el playón arenoso junto al lío de nuestras ropas. Impasible nos observó por instantes que se alargaron. Ninguno pronunció palabra. Después supe que nos había seguido desde el cementerio.
Era la joven profesora de educación física del Colegio Técnico inaugurado hacía un par de años en la villa más cercana, y yo su directora. Su presencia me inquietó y por supuesto dejó perplejo a Lorenzo, quien no la conocía y a mí me enmudeció, imaginando excusas.
Se desnudó con soltura, permitiendo que el sol acentuara sus femeninas formas de amazona. Sabía de su afición por el surf, determinante para aceptar el puesto docente en nuestra institución, cercana a una de las playas preferidas por los amantes de la naturaleza prístina y las emociones intensas. Haciendo gala de su habilidad se zambulló y emergió frente a mí. Sacudiendo su larga cabellera, tomó mi mano y me miró a los ojos. A pesar del calor ambiente, me estremecí… los vellos se me erizaron. Lo que siguió fue un sinsentido deseado, alocado y liberador de mi esencia transgredida.
Lorenzo se había devuelto y empezaba a vestirse, comprendió que la pasión era multicolor. Sólo atiné a decirle adiós con un gesto de mi mano.
Caballeroso y comprensivo con un ademán me envió un beso mientras se alejaba. Adiviné que su noble corazón nunca traicionaría la intimidad descubierta, al verme feliz y realizada. A las dos semanas Ana María alquiló una habitación disponible en la vieja casona, herencia de mis padres, a los que había acompañado hasta su muerte, y por lo que todos tenían como causa de mi soltería, e igualmente se habituaron a vernos llegar y salir juntas.
A Lorenzo no lo he vuelto a ver. Si regresa conocerá mejor a Ana María, nuestros sueños y afanes compartidos.
Reiría si le cuento que con su ayuda superé el miedo a la turbulencia del mar y empecé a surfear. Ahora no lucho contra la fuerza de las olas, he aprendido a fluir con ellas… al igual que con mis nuevos sentimientos.