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De cómo salir del closet sin morir en el intento

Autora: Ana Lorena Hidalgo Solís

Nada nos engaña tanto como nuestro propio juicio.

Leonardo da Vinci El clóset, protagonista de esta historia, era minúsculo. Un poco más de 1 x 1.5 metros y poca profundidad.

Correspondía al llamado cuarto de servicio y estaba ubicado en el extremo de la casa, en una esquina, contiguo a la pila de lavado. La casa tenía dos cuartos principales ocupados por la madre y la hija mayor. Este cuarto, el de servicio, permitía apenas una cama individual, una pequeña mesa de noche y el ya mencionado clóset. Era ocupado por la otra hija de la dueña de casa, la menor.

El pequeño espacio vivía amodorrado en su rutinaria vida. Cosas nuevas que llegan, pocas, otras que se van o se mueven de sitio sin razón aparente. Nada especial, más bien un exceso de chucherías propias de una adolescente.

En su interior, durante los largos periodos de soledad intimista, ensoñando, el clóset pensaba cómo sería ser un walking-closet. Uno donde su contenido se renovara al menos una vez al año trayendo memorables sorpresas de cuando en vez. Raras y valiosas joyas, zapatos de todos los colores y tamaños, finas telas con olor a extranjero como sacadas de un añoso baúl mágico… Eso si era vida.

Y así transcurría su tiempo, entre sueño y sueño… hasta ese día. De repente un barullo, rápido movimiento de sábanas y asustados cuchicheos. Apresuradamente, un hombre joven, de escasos 21 años y poco más de 1.65 metros de estatura, ingresó al clóset y se acurrucó encorvado.

El inesperado visitante no me era del todo desconocido. Algunas veces había escuchado su voz ronca. Sin embargo, nunca se había adentrado en mi territorio y menos de esa forma. Como se ha mencionado, he sido receptáculo de muchas cosas, inertes en su mayoría, pero nunca mi espacio había sido invadido de manera tan atropellada.

De momento me asusté, pero, luego, intuí que tal vez algo de aventura llegaba a mi vida.

Poco a poco empecé a entender la situación.

La conmoción ocurrió cuando, contra todo pronóstico, los felices yacentes, flacos suficientes para compartir una cama individual, escucharon la voz de la hermana mayor. Y, peor aún, también la de la señora de servicio.

Nada de eso debía estar sucediendo en un día cualquiera de la semana. No era feriado, fin de semana o día de guardar. La hermana cumplía un riguroso horario de enfermera con estrictos turnos de 8 horas: 6am-2pm-10pm. Siempre el mismo previsible horario que les había permitido estas licencias. Por otro lado, tampoco era el día cuando la señora de servicio acostumbraba visitar la casa.

Ya voy comprendiendo: las estrellas les estaban jugando una mala pasada. Todo tan bien calculado que lo tenían: entrar cuando ambas dormían y salir antes de que regresara la hermana mayor del trabajo. ¡Un plan perfecto!

La madre era relativamente fácil de birlar, pero ya dos personas no. Menos tres.

– Fulanita, ya está el desayuno. Venga para que no se le enfríe…escuché.

– Voy, ahorita voy… es que no tengo hambre.

Al rato:

– ¿Puedo entrar a limpiar, fulanita?

– No, no, doña Zutanita, más tarde por favor.

Entretanto, yo escuchaba la barriga de mi visitante reclamando al menos un vaso de agua… algo que acallara sus tripas que se movían tanto por el hambre como por el susto. Pero, el dilema de mi ama seguía siendo cómo salir sin que nadie entrara. Era como dejar la trinchera vulnerable. Todo olía a peligro. Planear estrategia en conjunto era imposible: Zutanita estaba en la oreja del cuarto ya sea lavando ropa o el trapo del piso. La madre y la hermana eran menos amenazantes, es cierto, pero no había forma de flanquear, sin ser avistados y aprehendidos, la distancia entre el cuarto de pilas y la puerta principal y de ésta los 15 metros de patio hasta la puerta de la calle.

Pasaba el tiempo. El entumecimiento de mi inquilino aumentaba sin que se vislumbrara una pronta escapatoria cuando la chica, preocupada y valienta, decidió hacer un sprint a la cocina, cerrando bien la puerta del cuarto, para traer un vaso de café y un poco de pan al encorvado y hambriento Romeo.

Este lo engulló mientras pensaba qué sería peor: caer de un balcón al ser descubierto o emerger del clóset sin poción de invisibilidad. Evidentemente, la primera alternativa tenía más ventajas: siempre era posible caer y huir hacía la izquierda como Melquiades.

Las horas continuaban su camino sin cambios en el frente, cuando, cerca del mediodía, la Zutanita se despide:

– Bueno, ya me voy. Hasta el martes, se escuchó lejanamente. Una menos pensamos los tres. A estas alturas ya había tomado partido y simpatizaba con los aventureros amantes que habían traído un poco de alborozo a mi cotidianeidad.

Para entonces habían pasado poco más de cuatro horas del súbito despertar, cuando escuchamos que la hermana se preparaba para irse. ¡Claro! Esa era la clave: había cambiado de horario: ¡entraba a las 2!

Fue en ese momento cuando empezamos a respirar.

La paciencia, virtud en la cual se habían graduado con maestría los muchachos ese día, solo exigía un poco más de dedicación y confianza.

Al salir del closet mi querido visitante – a quien ya quería entrañablemente, como se quieren aquellos que comparten experiencias cercanas a la muerte – emitió extraño ruido. Crack, crack, sonaron aquellos huesos que, aunque jóvenes, acababan de sobrevivir a una experiencia traumática.

No se despidieron. El solo quería salir de allí lo más pronto posible. De vuelta a mi solipsismo, solo una pregunta me hacía: ¿lo volverán a intentar?

Cierre de la obra