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Asquerosas aliadas

Autora: Sandra Rivas Solano

Cuánto había pasado desde que le dije: una vida no será suficiente para amarte. Sellamos ese amor con anillos y la bendición de las familias. Tan jóvenes y llenos de sueños comenzamos un camino. Él trabajaba en el laboratorio de un amigo mientras concluía los estudios de química industrial y, además, recibía clases avanzadas de ajedrez. Yo, con ilusión, acondicionaba nuestra casa de madera, la que fue de mi abuela.

Pronto, el embarazo pintó de alegría nuestra vida.

En esos tiempos, el lugar de la mujer —decían— era su casa, aunque se oían lejanos vientos de libertad; jugar de casita era lo que tocaba aprender y cumplir. Tan jóvenes, tan inexpertos, pero, sobre todo, sin modelos de estructura a seguir o renunciar y, para acabarla, ambos poetas, románticos o ilusos.

Caminamos juntos, amándonos y viendo cómo crecía en mi vientre nuestro hijo. Una tarde él fumaba en la habitación, asomado al celaje de la ventana. El humo me provocó asco y náuseas; le pedí que apagara el cigarro, me contesto mirándome a los ojos y contundente:

—¿Yo? ¿dejar de fumar?, ¡ni pensarlo!

El susto me duró el resto de la vida.

La primera navidad le regalé un ajedrez tallado en mármol, con el que jugábamos algunas noches.

Como en una línea de ferrocarril en la que, por equivocación, una piedra desvía la simétrica paralela, al rato, las líneas se desencuentran y ni se reconocen, así pasó el tiempo, lentamente. Los días tenían veinticuatro horas o más; por el trabajo, los estudios y sus ocupaciones; casi no compartíamos. Cuando tenía torneo de ajedrez, no me llevaba. Yo, en la casa.

Sentada, meciendo los días en la antigua mecedora de la abuela, llegó la primera lluvia. ¡Qué hermoso canto y ver por la ventana el soñoliento paisaje interrumpido sólo por un goterón cayendo de la canoa rota al patio de atrás! Coloqué un balde y corrí a guarecerme mientras veía atónita un aterro de cucarachas marchando mudas y cabizbajas, hacía las rendijas del cuarto de chunches. ¡Cuánto agradecí que él no estuviera!

Al rato, un tímido arcoíris sonrió despidiendo al aguacero. Nuestro hijo nació. Él festejaba con sus amigos, cualquier cosa era celebrable. Tomaba mucho y, al llegar a la casa, traía gritos y me golpeaba por alguna ocurrencia. Al terminar, decía: ¡No me vuelva a provocar! Al día siguiente y sin memoria, pedía amorosamente su desayuno.

Esa madrugada le oí llegar pateando el portón. Cerré la aldaba y él, sorpresivamente, entró por el techo. Pensé que no lo podría lograr, pero se metió por la tapia. Corrí con mi bebé a esconderme dentro del armario, metí el pezón en su pequeña boca para que no llorara. Eso funcionó por unos minutos. Su tosecita nos delató. ¡Pánico! Sacándome del pelo, me pateó por la espalda hasta que mi bebé rodó por el piso. No supe más hasta que me vi en una ambulancia que atendió el llamado de los vecinos. Mi hijo estaba bien, decían. El refirió a los oficiales que yo le cerré la puerta, que me encontró en el piso con el bebé llorando; los moretes en mi espalda y las marcas de zapatos en los muslos no parecieron significar nada. No fue fácil reponerme de esto; mi mamá decía que era la cruz del matrimonio.

Papá también era tomador.

Cuando fui a la iglesia a rezar, el cura me confesó y me acarició las rodillas. No volví a la iglesia. Yo tampoco tenía amigos, ni amigas. Así fui olvidándome de mí. Yo, la culpable siempre; yo, la bruta, la inútil; yo, no sabía hacer nada bien.

La casa iniciaba en una pequeña sala que era biblioteca y oficina. Luego, un largo zaguán, dos dormitorios y al frente, el baño, al fondo la cocina grande con puerta al patio y a la pila de lavar. Había un pedacito de tierra donde pensé sembra. Más allá, una pequeña acequia cantarina y el árbol amarillo de nísperos. En el cuarto del fondo, cosas viejas, herramientas y chunches. Acomodé un poco e intenté vender la podadora dañada y, cuando él me vio sacándola, me insultó y, por patearme le dio a la puerta, haciéndole un hueco al lado de la cerradura. El era bueno en ajedrez y un buen día le invitaron a Puerto Rico a una final. Por supuesto, no nos llevaría. El torneo era de jueves a sábado. Antes de salir, me advirtió que no hiciera ninguna estupidez, que cuidara la casa y al hijo. Y se fue, Hacía tanto tiempo que no pensaba en mí. Esperaría la noche sin temores. Limpié la casa y saqué chunches del cuartillo de atrás para aprovechar una campaña de recolección de basura no tradicional en el barrio. iTodo quedó limpio! ¡Pensaba hacer allí el cuarto de costura, jclaro!, luego de arreglar, tapar las rendijas y pintarlo bonito.

Había ratas y cucarachas allí. Él nunca entraría porque le daban pavor esos bichos. Si aparecía alguna, me despertaba para que yo la matara y le enseñara el cadáver. iEse cuarto de costura sería mi refugio! Y también podía ir haciendo mi buchaquita, Amanecimos, era viernes. Me sentí linda y apreciada por mí misma, -si no, ¿por quién? Salí al parque muy contenta con mi bebe. Escuchamos pajaritos, una ardilla trepo por un árbol para vernos y un coro de chiquillos jugaban rondas Pasamos a la ferretería para conseguir unas sogas y un rollo de cinta tapagoteras Ya era sábado!

Llegó borracho, con los ojos inyectados. Al ver la vieja podadora recostada a un árbol vecino, corrí al cuarto de atrás mientras él escupía insultos, alzando los puños llenos de golpes contra mí. Tropezó aparatosamente con la escoba, cayó lentamente mientras sardónico reía, vomitaba y maldecía. Dejó un zapato por allá y la camisa rasgada por las astillas de la puerta rota. Loco y jadeante cayó inconsciente.

A como pude Io amarré bien enrollándolo con la cinta tapagoteras que alcanzó hasta para sellar su boca y, con el cabito que quedó, los ojos verdes. Estaba orinado y defecado.

Ahí quedó.

Exhausta, dormí en el centro de la cama con los brazos abiertos. A medianoche, llovía serenamente. Regresé temblando, sin saber que encontraría. Vi con horror cientos de cucarachas: pequeñas, medianas y algunas voladoras; caminaban encima de él en un diabólico rito sincrónico. Se metían por los calcetines y entre la jareta, por las rasgaduras de su camisa, por las axilas o enredándose en los vellos del sudado pecho; entre los huecos de la nariz y por las hendijas de la cinta que no cubría del todo los ojos, las cucarachas chiquitas se quedaban pegadas pataleando entre los párpados. Otras, seguían hacía el vómito en su cabello ensortijado. Por la nariz chorreaba sangre con una espuma etílica amarillenta que acababa con las cucarachas de más adentro. Después de ahogados estertores, se quedó quieto. No me fui. Me quedé impávida, viendo algo parecido a su alma que se despojaba con dificultad del cuerpo, escapando de un horrendo y viejo harapo gastado y maloliente.

Cuánto había pasado desde que le dije: una vida no será suficiente para amarte.

Cierre de la obra