Debate de colosos
Autor: Leonardo Marín Mora
Doy vida a los huertos y maizales, ¡Sin mi todo se muere en el planeta! Por eso me declaro la más potente diosa de lo creado.
Y estimando que mi turno ha terminado doy la palabra al viento vagabundo.
El viento suspiró, exhaló un poco de aire, saludó respetuoso, e inició su turno en el debate: tengo fama de andariego porque lleno de caricias los jardines y me robo el perfume de las rosas.
Algunos me acusan de atrevido, porque soy un viajero hiperactivo, y me enredo en los vestuarios de las damas.
Se declaró el rey de las potencias y perfumando el escenario, dió la palabra al mar: saludó: soy el mar: espejo de los astros vanidosos, donde la luna viene a maquillarse y el sol viene a bañar su cabellera.
El universo me ha bombardeado con meteoros, y el sol amenaza con secarme.
Soy refugio de amantes viajeros, en mi entraña hay una tumba de secretos.
Mis olas se abrazan a los barcos, al recordar las promesas, que se han hecho los amantes en mis aguas.
No quiero violentarme, mi fuerza, alcanzaría para inundar la tierra, y destruir a la humanidad entera, soy el más potente, en el inmenso engranaje del planeta.
Encrespó sus olas, miró al sol, y lo invitó a ocupar el escenario.
Mostrando su bronceado rostro, regaló una sonrisa al horizonte, y saludó amablemente al universo, soy el sol, príncipe del espacio, rey del orbe no en vano ostento mi áurea como premio a mi grandeza.
Mi luz y calor son un tesoro, que doy a la tierra y sus especies.
Exijo respeto: No más gases nocivos para el orbe, podría freír la tierra y sus criaturas.
Hasta ahí el bronceado discurso: Alguien hizo temblar el mundo y cerró de un zarpazo el escenario.
El sol se quedó ciego deslizándose por las paredes de las nubes, buscando a través del horizonte su dormitorio de costumbre.
Ardió en su propia fiebre, dejó caer lágrimas de fuego, reconoció que hay una mano inmensa, superior a todas las criaturas.
¡Que palpitan al ritmo de la vida! Entonces Dios sonrió y al verlo arrepentido, le devolvió la vista, sonriendo al universo, y repartiendo sus abrazos a cada criatura del planeta.
El mar había grabado en sus cristales la escena arrepentida, sintió congelada su conciencia que le acusaba de soberbio y prepotente, en ese enfrentamiento de colosos.
¡En los campos había un lenguaje nuevo! Las espigas hacían coro al viento. ¡El amor fue derramado! La lluvia bendecía, llenando de caricias los objetos.
El mar sintió amor en sus aguas, ¡El amor llegó hasta el océano! Abrazándose a sus olas y llenando de caricias las criaturas.
Había fragmentos de cielo en cada espiga, Cristo caminaba entre los surcos, Dios se había emocionado.
Los bosques cantaron sus versos de savia, el mar y la lluvia, canciones de nieve, el viento poemas con aroma a rosas, y el sol hacía versos y estrofas doradas para declamarlos al creador.