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Solo en Puntarenas

Autor: Álvaro Bolaños Arquín

Yo ya era un niño grande, que podía movilizarme y cuidarme por mí mismo; puedo ser muy claro, que en esas vacaciones podía tener alrededor de los ocho años, Para ese viaje en tren fui solo; sin ninguna compañía, ahí me dejaron, en la terminal después de haberme comprado del tiquete de pago hasta el destino final, Además, no existía peligro; “Ios tiempos eran otros”, como decía mi ágüela’; por lo que; ese día pasadito el amanecer y muy tempranito, ya estaba en la estación del ferrocarril al Pacífico; ese era el lugar donde debía tomar el expreso de las siete de la mañana. Iba con rumbo a la ciudad de Puntarenas pasar unos días al pequeño apartamento de trabajo de mi papá a un costado del parque Victoria.

Ya una vez que se abrieron los portones plegables con forma de resorte de la sala de abordaje hacía el andén, sin demora, me apuro a abordar el último vagón de pasajeros que ya estaba ocupado casi en su totalidad; por suerte, logró tomar un asiento junto a la ventana, al lado izquierdo, para poder ver el mar justo después de pasar el túnel.

Puntual es la salida; el convoy se pone en marcha hacía mi destino. Desde mi posición de privilegio en la ventana del vagón, no pierdo detalle de la ruta en un zigzagueo sin fin, donde observo a las personas de a pie, saludando a “no sé a quién”, además, puedo disfrutar de la naturaleza siempre verde a orilla de la línea férrea. Casi de inmediato, después de iniciado el viaje, no aguanto el hambre y lo primero que hago es sacar de la bolsa que llevo para la merienda, un juguito de tarro “del Campo” y unos “sangüchitos” de queso y jalea de guayaba, los que rapidito desaparecen. Ya comido, en completo silencio y “en paz conmigo mismo”; solo me queda: admirar el verde paisaje, seguir el ritmo sonoro de los durmientes, contar una y otra vez los postes sin fin, y disfrutar del viaje en un día lleno de sol y naturaleza Al llegar a Puntarenas, después de ese largo viaje, en la estación me está esperando mi padre; sin demora, caminamos bajo el ardiente sol de medio día hacía el centro de la ciudad, justo a un costado del parque a su pequeño apartamento de dos plantas; la primera una oficina de ingeniería y la segunda, compuesta por dos o tres pequeñas habitaciones. Ahí me acomodan en la que está junto a las gradas. Esa habitación casi bacía, está amueblada por dos tijeretas que sirven de cama, una pequeña cómoda, una herrumbrada lamparilla de un bombillo de luz amarilla, y un ventilador de mesa que refresca completamente el ambiente. Sin esperar mucho, pongo sobre la tijereta mi pequeña maleta confeccionada de cuero grueso; decorada con un repujado de unos diminutos dibujillos, una agarradera también de cuero con remaches de dos argollas, dos delgadas fajas con sus hebillas de cierres metálicos, donde llevo los cuatro trapillos que junto a unas chancletas color azul y muchas ilusiones, eran lo único que tenga para disfrutar de unos días de playa y sol en Puntarenas. Al medio día, siento que el hambre aprieta; entonces, salimos del apartamento atravesamos el parque y caminamos unas dos cuadras a un lugar con el rótulo de “Pensión Ángulo”; en ese lugar haría las tres comidas de cada día; y lo único que tenía que hacer, era llegar a comer cada vez que me picaba el gusanillo del hambre. Por lo demás, la comida de ese lugar era muy apetitosa, variada, surtida y exquisita; esta tenía un gusto muy bueno y lo que más me agradaba era una sopita de entrada, con un sabor que perdurará en mi, para siempre.

Justo después de comer, emprendía camino a cualquier destino, ya que tenía todo el tiempo del mundo para recorrer los más variados rincones de la cuidad: el estero, donde observaba las pequeñas embarcaciones de pesca y de pasajeros; el bullicioso mercado, donde veía a los vendedores ofrecer a grito pelado’ todo tipo de productos; además, de la cantidad de ventas de comidas con sus deliciosos olores; el barrio El Carmen, lugar que me sorprendía al pasar frente de las viviendas que siempre mantengan sus puertas abiertas de par en par: con dos, tres o más sillas, banquitos o mecedoras, ubicados estratégicamente en el corredor de las viejas casas de madera. Ese era el lugar más fresco de la estancia y los residentes no perdían detalle de lo que acontecía y de quién pasaba por eI frente, ofreciendo el acostumbrado saludo desde el corredor que era cortésmente recibido.

– Adiós chiquito.

– Adiós señora.

– Que Dios lo acompañe

– Gracias.

– Tenga mucho cuidado.

– Sí señora, lo tendré.

– ¡Que le vaya bien!

– Muchas gracias, adiós.

En ese ir y venir, seguí mi camino hacía la “punta” con la curiosidad de ver donde se juntaban el mar y el estero. La libertad y ese incontrolable deseo de aventura, me llevó a ir a brincar piedras en una especie de pequeños rompeolas; donde también, me di uno que otro chapuzón por aquí y por allá, hasta prácticamente llegar a lo que llamaban el muellecito; ese era el lugar donde salían las lanchas de pasajeros hacía otros destinos de Puntarenas y el Golfo de Nicoya. Ya cansado y acalorado por el largo recorrido, atravesé el barrio El Carmen hacía la playa; ahí frente al hotel Tioga, me detuve a darme unas merecidas zambullidas en el mar picado de la tarde; también, me entretuve haciendo güecos en la arena y enterrándome en ella. Igualmente, me di un tiempo único para mí, sintiendo el calorcito de la tarde y la brisa marina en espera del esplendor de la puesta del sol; eso era algo que disfrutaba al máximo.

Al ser casi de noche; cansado y hambriento, recogía las chancletas que habían quedado junto a la camiseta justo al lado de una palmera; era el momento que emprendía la caminata hacía el parque; fatigado por una tarde de mucha actividad; lleno de nuevas aventuras, diversión y paz interna.

Al llegar, paso a cambiarme la ropa mojada por una seca; no tardo mucho en salir a gastar un poco más de energía recorriendo de un lado a otro el parque, que para horas de la noche estaba completamente iluminado y con muchas personas pasando el rato y haciendo tiempo con el fresco de los árboles y la suave brisa marina antes de irse a dormir.

Llega la hora del descanso; y como siempre no tardo un minuto en caer en el profundo sueño de una noche muy provechosa que se hace muy corta; puesto que, el siguiente día estará lleno de grandes y verdaderas aventuras que quedarán marcadas por siempre.

El día comienza muy temprano con un fuerte desayuno en la pensión, dejándome lleno de vitalidad y energía. Sin nada que me atrase ni tiempo que perder, me dirijo al cálido mar en total tranquilidad a sortear las olas, y disfrutar de la arena. En ese ir y venir por el paseo de los turistas, paso por los quioscos donde veo gente aun tomando el desayuno; ahí despuesito, está el monumento de los cañones y por supuesto termino encaramado ellos, paso por la capitanía de puerto donde hay muchas personas haciendo no sé qué; y sin detenerme, tomo camino hacía el interior del muelle para poder admirar desde lo alto y más de cerca el azul de las aguas. Mientras observo a lo lejos desde lo alto del muelle la tranquilidad de ese mar en calma; se me ocurre una genial y brillante idea: como un chispazo en mi cabeza, sale a relucir algo que me deja completamente frío de emoción; un pensamiento, que solo una vez en la vida se da… hacer un espectacular salto al agua desde esa altura. Ahí de pie, frente al barandal, analizo todas las posibilidades de hacer ese clavado. Solo tenía que treparme en él, hacer equilibrio en el último barrote metálico y saltar a las cálidas aguas de ese mar color azul profundo.

Unos segundos utilicé para tomar una de las más importantes decisiones de mi vida… sin pensarlo mucho, me quité la camisetilla, las chancletas; no hubo marcha atrás… sin darme cuenta de lo que hacía, ya estaba encaramado en la parte alta de ese pasamanos. En voz alta, casi a grito pelado, hice un conteo: ¡tres!, ¡dos!, ¡uno!… y “ya”; desde lo más alto del muelle: ¡salté loco de emoción! Solo dejó que la gravedad llevara mi cuerpo a la más grande sensación de mi vida; poco a poco, como en la cámara lenta de una película “a todo color”, iba cayendo al agua desde esa considerable altura.

Al hacer ese imponente salto desde el barandal, solo llené mis pulmones con una gran bocanada de aire; al caer el agua, esta me envolvió completamente; con los ojos abiertos logré ver las burbujas cuando solté la respiración. Por la conmoción, mi cuerpo me llevó hacía la superficie junto a un millón de burbujas en el agua calma… al salir a flote mi cabeza; hago una profunda respiración, llenando mis pulmones de una alegría desbordante; extasiado por la gran proeza, comienzo a nadar hacía la orilla. Con unas cuantas brazadas ya estaba afuera del agua; parado en la playa de frente al mar, admirando sorprendido la gran hazaña que había logrado. Loco de felicidad, emprendí la carrera nuevamente hacía el muelle con la ilusión de repetir otra vez ese gran clavado; sin un segundo que perder, volví a escalar el barandal, ahí encaramado desde lo alto, volví a saltar al agua. Este maravilloso encuentro con el mar se repitió muchas veces durante varios días; principalmente durante las mañanas, porque el mar estaba muy calmo, pero en las tardes la marea estaba alta y el mar un poco picado, así que prefería brincar las olas en el reventadero. Al día siguiente y los demás días, regresaba al muelle justo después de tomar el desayuno. Desde muy temprano estaba haciendo mis saltos, clavados y piruetas. Pero de repente, ya no estaba solo; otros chiquillos al ver lo que yo hacía, se envalentonaron a tirarse del muelle junto a mí. Solo éramos un grupo de niños felices, haciendo del mar su diversión. Entre clavados, brincos, carreras, risas de alegría y competencia, pasaba la mañana tirándome del muelle junto a unos güilas’ desconocidos. La mañana se iba en: lanzarse al mar, nadar, correr, llegar al muelle, treparse por el barandal y otra vez saltar al agua…

Poco a poco los alegres amiguitos de un corto tiempo, se iban retirando de la diversión. Al quedarme solo; nuevamente, recogía las chancletas y la camiseta que dejaba junto a la baranda del muelle. Ese era el momento de tomar camino a la pensión a comer, ya que tanta actividad durante la mañana hacía que el hambre me picara la panza; una vez dentro del amplio salón, repleto de mesas de madera y decoradas con un fino mantel blanco y sus servilletas de tela, no esperaba ni un minuto y ya estaba almorzando.

Cierre de la obra