Agua que no has de beber…
Autor: Filadelfo Sancho Ramírez
La luna llena, en ocasiones es símbolo de abundancia, bondad, energía y emociones; pero también puede manifestar desbordamientos y tensión en los seres humanos.
A veces, cuando no conectamos la mente con el corazón, las emociones suelen jugarnos una mala trastada. Los impulsos de la testosterona pueden más que los llamados del corazón y entonces nuestra mente se pierde por laberintos donde es imposible salir.
Aquella noche de luna llena, noche de navidad, como muchas otras, María tuvo que dormir sola, pues Mario se la pasaba jugando, bebiendo alcohol y revolcándose con las mujeres de aquel maldito burdel, que solo causan amargura y dolor. En una de las tantas salidas, María se lo había advertido: -Mario, presiento que algo malo te va a suceder, si sigues amaneciendo en ese lugar de prostitución y derroche, donde la vida no tiene remedio. Por qué no puedes pasar una noche buena conmigo, que soy la única que puede darte tu verdadero y leal cariño. ¿será que te has enamorado de otra mujer, tal vez de un amor que no es sincero?
Mario la volvía a ver de reojo, mientras se vestía y perfumaba todo su cuerpo.
– Y, si fuera así, a usted no le importa, es mi vida.
Tomó su abrigo, salió y tiró la puerta con fuerza.
Aquel corcel descarriado que galopaba por su sangre, lo impulsaba a seguir buscando lo que no había perdido y, no era de su propiedad.
En efecto, Mario estaba enamorado de la mujer más bella de aquel antro de perdición.
El salón estaba deslumbrante, música alegre caribeña, las luces color vino, risas y el tintineo de las copas, hinchaban de deseo el corazón desbocado de Mario.
Con ansiedad bestial escarbó con mil ojos todo el salón buscando aquella mujer hermosa que le tenía comprimido su corazón. Todos los conocidos suyos lo miraron con lastimosa piedad y fueron saliendo lentamente, como presintiendo que algo malo iba a suceder.
Al fondo, recostados a la barra del bar, una pareja de enamorados se quería comer a besos. Era el gobernador provincial y el adorado tormento de Mario.
Impulsado por una galopante cascada de celos y rabia, sacó un puñal y quiso abalanzarse contra el rival, pero el cantinero y los saloneros lo detuvieron de golpe.
La mujer lo miró con una sarcástica risa y le dijo a Mario: – te agradezco el tiempo y dinero que desperdiciaste en mí. Eres casado y, deberías dedicarte a tu esposa. Nunca tendrías un futuro promisorio conmigo, en realidad jamás te he querido, solo hago mi trabajo.
Mario sintió deseos de destrozarla y, a su acompañante, pero la fuerza de aquellos cantineros no lo permitieron.
Por sus mejillas corrían lágrimas de odio y desconcierto. Agachó la cabeza y la golpeó contra la barra.
Después que se hubo tranquilizado, el cantinero lo abrazó y le dijo: -Anda, vete a su casa, busca a su verdadero y sincero amor. Recuerda amigo, agua que no has de beber, déjala correr.