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Cuento

Mamá, ¿cuándo viene papá?

Autora: Olga Marta Mesén Sequeira

Olek, un agraciado niño de seis años amaba los carritos de juguete. Para navidad y para su cumpleaños siempre pedía que le regalaran carritos. Los tenía de todos los estilos, colores y tamaños: de carreras, de carga, ambulancias, camiones de bomberos tractores, vagonetas, grúas, autobuses, carritos de lujo y los más comunes y corrientes Su locura eran estos juguetes y su mayor felicidad era inventar juegos, con sus vecinitos y primos de edades parecidas a la suya, con aquella colección que había venido acumulando en sus escasos seis años En los ratos libres de deberes escolares, salía a la puerta de su casa a llamar a sus compinches que sin dilación corrían a reunirse con él, que ya se encontraba con la imaginación a tope. Todos parecían alucinar inventando carreras de bólidos, emergencias que eran atendidas por ambulancias y carros de bomberos a gran velocidad, paseos en autobús con ocupantes que cantaban y chillaban, vagonetas cargadas de materiales camiones abarrotados de palos y piedras con destino a puertos fantásticos y, claro está él, Olek, era el infatigable conductor de los más veloces, los que iban de primero, los que encabezaban las caravanas. Así se divertían a sus anchas sin que nada ni nadie los perturbara.

La familia de Olek vivía en Mariúpol, Ucrania, cerca del puerto. De hecho, su padre, Dimitri, trabajaba como ingeniero naval allí mismo; en sus vacaciones siempre llevaba a su pequeño para que viera el trajín del puerto y cómo cargaban los barcos con maíz, trigo y cebada, semillas de girasol, azúcar de remolacha y muchos otros productos. Y, por supuesto, también los desembarcos tanto de materiales como de turistas.

Olek se quedaba embobado en aquel mundo de ruidos humanos, grúas que levantaban contenedores, ir y venir de camiones, hombres y mujeres vestidos con overoles azules, grises y amarillos dedicados a distintos quehaceres, vendedores ambulantes y algunos de puestos fijos que pregonaban las “kovbasas”. deliciosas salchichas, con algo de picante, los “varenykys”, una especie de empanadas rellenas con vegetales, carnes e incluso frutas, que estaban siempre como para chuparse los dedos y, por supuesto, no podían faltar las “nalysnykys”, con su característico aroma a queso que invitaba a comerse no una, sino varias si el hambre era mucha. Olek siempre le pedía a su papá que le comprara una “nalysnyky”, que se la devoraba así calientita como se la habían servido, acompañada por un vaso de “kysil” de frutas variadas; mientras Dimitri prefería una ración de “kovbasas”, que se componía de dos o tres hermosas y brillantes salchichas acompañadas de un montoncito de repollo morado. Le encantaba ese sabor picantito que le quedaba en la boca, que anulaba un poco la cerveza fría que siempre tomaba.

La madre de Olek, Lonna, era maestra en la misma escuela a la que asistía el niño. Era un lugar limpio, amplio, con áreas verdes, jardines que los mismos estudiantes se encargaban de cuidar y espacio para juegos infantiles. El grupo que le habían asignado ese año era un tercer grado, niños entre ocho y nueve años. Lonna era una apasionada de su trabajo; sus clases las preparaba con todo esmero: combinaba el trabajo de aula, con lecturas, dramatizaciones que protagonizaban los propios estudiantes, y con juegos que utilizaba como recurso pedagógico. La clase comenzaba, cada mañana, con un agradecimiento a la vida, de esta manera los niños aprendían a valorar la salud, la paz, la armonía de sus hogares, los alimentos, los amigos e incluso el poder asistir a la escuela, pues habla muchos otros niños en el mundo que no podían hacerlo, y ellos lo sabían. Luego, formaban coro para entonar canciones infantiles orientadas a fortalecer valores como el cuidado y conservación de la naturaleza, la tolerancia, la vida saludable, el respeto hacía todos, el amor por su país y los buenos hábitos de la convivencia.

Debido a experiencias anteriores de sucesos inesperados, las autoridades del gobierno habían dispuesto como obligatoria la enseñanza de los protocolos establecidos en caso de terremotos, inundaciones, catástrofes naturales, conflictos bélicos y otras amenazas. Por lo tanto, era también parte de la rutina mañanera, participar en simulacros, para instruir a los niños en la forma de comportarse si se presentaban situaciones alarmantes. Así, los niños conocían cuáles eran los lugares más seguros, en caso de emergencia, qué cosas debían llevar consigo, y cómo actuar, siempre bajo la tutela de sus padres o maestros. De seguido, comenzaban las lecciones, similares a las de otras escuelas del país.

Dimitri, Lonna y Olek eran una familia de clase media, trabajadora y con una vida como la de muchas otras. En época de vacaciones, Dimitri y Lonna Ilevaban a Olek a visitar a sus familiares que vivían fuera de Mariúpol o hacían viajes cortos a otras ciudades para que el niño aprendiera a conocer su país, sus gentes, sus costumbres, sus festividades, su gastronomía.

Sin embargo, una mañana de febrero, todo cambió. El día a día se alteró de manera brutal, como nadie lo habría podido imaginar. Las noticias difundidas por la radio, la internet y la televisión no dejaron lugar a dudas: el país había sido invadido por Rusia, su país vecino, con el pretexto de una supuesta “operación especial”. Había que prepararse para lo peor. Los temas de conversación de los padres de Olek cambiaron radicalmente. Había que ponerse de acuerdo en una serie de aspectos ante lo que se les venía encima y barajar opciones, en caso de una situación extrema. El niño también debía ser preparado adecuadamente. La madre consultó con expertos psicólogos de infantes. Sí, había entendido bien: había que enterar al niño mediante una estrategia adecuada con las palabras apropiadas; también a los niños del tercer grado a su cargo. Ella y sus colegas, sin perder tiempo, se reunieron con la directora y diseñaron el camino a seguir, no sin antes consultar con las autoridades políticas, militares, educativas y sanitarias y las brigadas de emergencia que ya estaban en alerta máxima.

Lo que más temían no se hizo esperar. Dimitri fue convocado para que de inmediato se pusiera a las órdenes del ejército nacional, en uno de los cuarteles de Mariúpol. ¡Qué doloroso era esto para todos; especialmente para Olek! Pero no había alternativa: había llegado la hora de asumir, con todo coraje, la realidad. Retiraron del banco los ahorros que tenían, se abastecieron de alimentos, agua, medicinas, ropa y zapatos adecuados y seleccionaron un mínimo de provisiones, en caso de que Lonna y su hijo debieran dejar su casa por una larga temporada.

El ambiente se empezó a poner sumamente tenso y se temía lo peor. Lonna le compró a Olek un pequeño salveque para que él mismo escogiera cuáles carritos quería llevarse. Le explicó que todos no podían ser y que, así como en situaciones de amenaza debían dejarse compañeros de escuela, amiguitos y vecinos, con mucha más razón las cosas materiales, a pesar de que les tuviéramos afecto. Olek no hizo rabieta alguna: parecía haber entendido bien.

Los habitantes de Mariúpol sabían que esta ciudad portuaria era una plaza estratégica en una acción que lejos de parecer “operación especial” circunstancial y pasajera estaba tomando tintes de una clara invasión militar que desembocaría en una cruenta guerra, como todas las que han azotado la humanidad desde que tenemos memoria. ¡Ay, la guerra, la guerra! ¡La brutalidad humana en su máxima expresión!

En ocasiones anteriores, familias enteras debieron ocultarse en sótanos, refugios antiaéreos o en estaciones del metro, sorprendidos por el sonido alarmante de las sirenas, según ordenaban los protocolos difundidos por las autoridades nacionales y locales. La situación se iba tornando cada vez más compleja, en todo aspecto: no había garantía de seguridad en ninguna parte. El enemigo podía atacar en el momento menos esperado.

Cada día se transmitían noticias sobre ataques rusos en distintos puntos de Mariúpol. Un domingo al amanecer, Dimitri y su familia se despertaron sobresaltados porque habían escuchado un estruendo de grandes proporciones, su casa se había tambaleado y se llenó de una ola polvorienta, que impedía ver a un metro de distancia. ¿Qué había sucedido? Pues que un misil ruso había impactado un edificio de apartamentos vecino, había destruido gran parte del inmueble y matado a un centenar de personas, incluyendo muchos niños. Se escuchaban lamentos por todas partes, había personas en estado de “shock” y muchísimos heridos. Algunas de las víctimas eran amigas de Dimitri y de Lonna. A ese ataque siguieron otros.

La ciudad se empezó a quedar cada vez más vacía; algunos negocios cerraron sus puertas y se clausuraron las escuelas. Había que abandonar el lugar, que ahora presentaba enormes daños en su infraestructura, faltaba el agua, la electricidad y las conexiones telefónicas y de internet.

Los habitantes fueron informados de que se debían proteger y salir cuanto antes hacía destinos más seguros. Lonna llamó a su marido, para comunicarle que se preparaban para salir de la ciudad. Llenó una valijilla con lo más necesario y alistó su bolso de mano, en donde colocó los documentos de identidad y un mínimo de implementos; le pidió a Olek que pusiera en el salveque sus carritos más queridos, un abrigo, una muda de ropa y el chubasquero que utilizaba para ir a la escuela, porque pronto saldrían hacía la estación más cercana, para tomar el tren que los sacaría de Mariúpol.

Aquel día, el cielo estaba oscuro, como si amenazara lluvia. El viento marino que soplaba con fuerza presagiaba tormenta. La atmósfera así de cargada parecía profetizar el futuro incierto de las familias que ya abarrotaban las salas de espera y los andenes, según se veía en la televisión. Lonna y el niño llegaron a la estación y se pusieron en la fila. Era posible que en la próxima hora estuvieran abordando el tren. En medio de la aglomeración, divisaron a Dimitri, vestido de soldado, que con otros compañeros de batallón se abría paso entre la multitud. Los esposos se besaron una y otra vez fundidos en un abrazo interminable; después, Dimitri alzó al pequeño Olek, lo colmó de caricias y trató de infundirle valor. En un esfuerzo final, les pidió a ambos que abrieran su corazón a la esperanza; que todo iría bien; que el Dios supremo en el que creían no los dejaría abandonados. Fue un momento muy emotivo. Los sentimientos de Dimitri estaban divididos entre su entusiasmo patriótico por defender a su país y el dolor de dejar a Lonna y a su pequeño Olek.

Por fin, el tren en el que habían puesto su esperanza –a pesar de que en realidad nadie sabía hacía dónde los llevaría, pues todo parecía estar en manos del azar–, pitó para hacer su entrada en la estación. Lonna y Olek fueron casi los últimos en abordarlo. Había llegado el momento más fuerte para todos: la despedida. La pareja se abrazó de nuevo con la fuerza de un huracán y cuando le tocó a Dimitri despedirse del niño, que se aferraba a las piernas de su madre, el chico sacó de su salveque una pequeña ambulancia y se la entregó a su padre, quien no pudo disimular el enorme escalofrío que recorrió su cuerpo y con los ojos anegados le dijo a su pequeño Olek: “Hijo mío, ten valor. Quiera Dios que no tenga que utilizar tu ambulancia. Cuando regrese de esta guerra absurda, jugaremos juntos con todos tus carritos”. Lo abrazó tan fuerte como pudo y se despidió con un último beso. La madre y su hijo subieron la escalerilla y en la puerta del vagón se dieron vuelta para decirle adiós a Dimitri, quien con los ojos enrojecidos por el llanto, sostenía la ambulancia en la mano izquierda, mientras con su derecha en alto los despedía desde el andén.

Mariúpol, otrora una ciudad llena de vida se quedó vacía, porque muy pronto las tropas rusas la rodearon, lanzaron misiles poderosos, bombardearon sin discriminación alguna, se ensañaron con cuanta edificación había, destruyeron cañerías, cableado eléctrico, escuelas, hospitales, edificios de apartamentos, museos, iglesias; mataron a miles de personas, tanto militares como civiles. Las calles eran intransitables, estaban llenas de escombros y metales retorcidos, juguetes de niño, zapatos, muebles y ropas desperdigadas. ¡Solo la demencia humana es capaz de tales atrocidades! El ejército ucraniano tuvo que replegarse, después de muchas bajas; otros fueron tomados prisioneros. Las noticias eran confusas al respecto.

Lonna y su niño, luego de una odisea no exenta de zozobra y angustia, que duró varios días, fueron acogidos en Polonia. Olek puede jugar con otros chicos de su país que se encuentran en el mismo centro para refugiados ucranianos; pero sus ojitos se han vuelto tristes, se le nota agotado e inseguro, como si tuviera el miedo instalado en el alma. A él y a otros niños, Lonna les ha improvisado un aula, para que sientan que van a la escuela: ahí dibujan con lápices de colores en cuadernos que les han donado; leen historias, cantan y preparan obritas de teatro. Cuando Olek, se queda solo con Lonna, salen del campamento, para que el niño se entretenga con sus carritos amados. Sin embargo, cada tanto, Olek interrumpe el juego y con sus ojitos, como perdidos en un horizonte borroso, le pregunta: Mamá, ¿cuándo viene papá?

Cierre de la obra