Un mundo de tantos
Autora: Ana Lucía Montoya Gamboa
Hace tanto tiempo, tantas noches hace,
cuando protegía tu cuerpo en el mío,
cuando no sabía qué nombre tendrías,
ni el color de tus ojos, tu pelo, tu cara,
cerrando mis ojos, soñando con verte, sabía que vendrías.
Entre mil proyectos, pasaron los meses,
entre mil inventos, tantas ilusiones
llena de visiones, hubo tantos sueños.
Y llegó el momento, hace tantos años,
que ese cuerpecito, tan tierno, perfecto, tan lleno de encantos,
se posesionaba del mundo, su mundo, mi mundo, el mundo de tantos.
Y se abrió el capullo, y se dio la espera
y pasaron meses y pasaron años,
y el vuelo esperado no partió a Levante
y los mil proyectos fueron relevados por millares de horas de muchos trabajos,
de muchos tormentos y de muchos llantos.
Tantas ilusiones, ¿Sueños? ¡Fueron tantos!
Sería bailarina
la vería danzando su ballet azul,
con sus zapatitos de colores rosa
y su trajecito del blanco más blanco.
Saltando entre acordes de muchos violines,
girando extasiada, moviendo sus manos,
como alitas blancas de cisnes gigantes.
¿Sueños? ¡Fueron tantos!
Verla ensimismada frente al negro piano,
con sus tiernos dedos como jugueteando,
recorrer teclados,
poner en sonidos el alma vibrante
de aquel que compuso sinfonías brillantes.
¿Sueños? ¡Siempre fueron tantos!
Verla correteando, hacer travesuras,
crecer y crecer con mis mil inventos,
cumpliendo proyectos, haciendo visiones tan reales,
tan reales mis sueños.
Que si bailarina o dueña del piano
o regia escritora de cuentos, poemas, novelas
o bellas canciones que impregnaran almas.
Que si soñaría en ir a las estrellas
y de un solo salto visitar la luna,
la luna creciente o la luna llena;
recorrer distancias y romper barreras,
nadar los océanos, llenar de colores mil pinturas bellas.
Y se abrió el capullo
y sus alas bellas no alzaron el vuelo hacía las estrellas.
No fue bailarina de danzas ajenas,
fue la propia intérprete de su danza interna,
cuando en puntillitas giraba y giraba,
bajo los sonidos de su propio ensueño.
Hoy sus tiernos dedos no tocan teclados,
se mueven ligeros
y casi pegados al rostro sonriente que siente la brisa
de aquellos sonidos de sus suaves manos.
Sus propios inventos, sus cuentos, sus cantos, surgen de la nada, porque nada es canto. Y nace el capullo y queda pegado a mi propia vida,
un amor profundo que nace en la calma
y crece en mi cuerpo,
levanta su vuelo en mis propios cantos,
como el aire fresco, aunque sin palabras,
su dulce mirada, me sopla en silencio lo que escribe mi alma.
Y conoce el mundo, mi mundo, el de tantos.
Y elige su mundo
un mundo extasiado que descubre bello, sin tantos quebrantos,
un mundo perfecto, sencillo.