¡Qué torta!
Autora: Gladys Trigueros Umaña
A petición de mi madre, que era muy católica y creyendo que yo me haría más santico le pidió al sacerdote de la Iglesia la Santísima Trinidad que me aceptara de monaguillo para servirle al Señor de esa manera. Yo ignoraba de qué se trataba ese servicio, sólo acepté lo que mi progenitora dispuso. ¡Ni sabía lo que podría pasar después! El sacerdote que, de muy buena gente se pasaba, accedió a la solicitud de mi madrecita. Éramos seis chiquillos los que formábamos parte del equipo de ayudantes, muy juguetones, pero con deseos de ayudar. Uno de ellos se hizo muy amigo mío, el más grande de todos, cuyo nombre era German pero que, por apodo, le decíamos Misingo por el color de sus ojos que parecían de un gato. Él era el que me enseñaba los deberes, la forma de doblar las sábanas, acomodar la cama, amarrarme los cordones porque me costaba tanto hacerlo, pero él, no por grande, era menos tortero que yo. Recuerdo los enredos en las respuestas que tenía yo que dar al sacerdote, cuando el padre Arié, que de paso era más bravo, no aguantaba nada, ni una pulga que se le parara encima, me ponía a ayudarle en las misas y como se daban en latín, yo me hacía bolas en las respuestas: santus, santus, secoloron, se me hacía todo un bizcocho aquello. Había que ver las miradas furibundas que me lanzaba el padrecito, yo creo que me estrangulaba en su interior y luego las enormes regañadas que me daba después de misa. “! ¡Muchacho tonto!”, ¿cuándo vas a aprender a hablar bien el latín?” y yo me hacía hormiguita deseando que me tragara la tierra.
Con el tiempo ya se me hizo popular servir de monaguillo y para entonces, ya éramos dieciséis muchachos en el servicio y muchos de ellos nos seguían en las travesuras, que jalarle el rabo al gato que andaba por el patio, comernos a escondidas algunas golosinas que el padrecito guardaba con mucho celo en el desván, y cuando preguntaban quién fue, ninguno lo hizo: “Quizás fue el ratón o el gato que andaba en la cocina.” Ja Ja que ni el padrecito se lo creía y a regañadientes mascullaba que no nos daría de comer y se iba a la Iglesia a rezar. Pero, luego regresaba y pedía a la cocinera que nos sirviera. ¡Pobrecitos!, ¡no se van a acostar con hambre! Y rezaba: el “Ave María Purísima” y todos contestábamos: “Sin pecado concebida”.
Había allí, un sacristán, llamado Arnoldo y era muy alcahuete con todos nosotros. Su gordura no le permitía caminar rápido ni subir las escaleras, pero eso sí, sabía cantar y contar las moneditas que los feligreses echaban en el platillo de las limosnas que se recogían cada vez que se podía y más, durante las misas.
Arnoldo, con mil esfuerzos y agarrándose a cómo podía de la vieja y empinada escalera para subir a tocar las campanas, parecía una tortuguita subiendo la cuesta del Ochomogo. Un día, se le ocurrió que fuéramos nosotros quienes le hiciéramos el trabajito ya que cada día le costaba más subir la escalinata.
Para todos era un reto personal el ir a tocar las dos campanas que tenía la iglesia. Las tocaba el que llegaba de primero y la hora más popular era a los seis pasados meridianos, hora del Angelus. Y ¡todos corríamos para llegar primero! Se tocaban jalando los dos mecates que estaban a nivel del piso. Las campanas, estimo que estaban como a siete metros, dentro del campanario, que tenía a su vez un piso de madera gruesa como a dos metros de las campanas.
Una vez llegamos tres al mismo tiempo y en la pelea por ser quién tocara, dos de ellos se guindaron del mecate para impedirme que yo le hiciera y en ese forcejeo, se cayó una de las campanas, enorme, al piso de madera. Fue un estruendo, que creo se oyó en todo el barrio. ¡Qué torta! Y ¡corra antes de que llegara el furibundo padre! Cada quien buscando un refugio para no nos encontrara. ¡Qué susto, del tamaño de una catedral nos llevamos!
La regañada y sobre todo la expulsión como monaguillos y la fajeada de mi madre, sin antes hacerlo, ya me dolían las nalgas.
A la nochecita, tuvimos que regresar porque, a dónde íbamos a ir a esas horas, y las tripas nos sonaban peor que las campanas en un funeral, el hambre nos mataba.
¡Claro!, no se hizo esperar el interrogatorio y a confesarnos. Nos puso una penitencia, pero fue buena para todos, aprendimos el latín muy bien, pero lo mejor no nos expulsó sino ¡qué torta!, ya veía a mi madre bajando todos los chilillos del olivo para medírmelos en mi parte trasera y pidiendo perdón a Tatica Dios.