Manchitas y el miedo
Autor: Ricardo Alberto Carballo Rojas
En verano, cuando las hojarascas y los árboles se tornan de un color café claro, Mamá venado y Manchitas, su hija, descansan entre los arbustos a la espera que pasen las horas más calurosas del día.
¿Por qué los humanos nos persiguen? preguntó Manchitas.
Tu abuelo me contaba que ellos necesitan nuestra carne para alimentar a sus familias.
Pero ahora ellos tienen otros alimentos y la carne de animales domésticos. No es necesario que nos acosen
De repente, escucharon un ruido. Se quedaron quietas olfateando el ambiente, percibieron un olor conocido. Papá venado se abrió paso entre los arbustos.
Me han seguido cuatro perros, pero no eran buenos rastreadores.
¿Qué pasó, cómo te encontraron? – preguntó Mamá venado.
Estaba bebiendo agua en el riachuelo cuando el viento me trajo el olor a humano. Nuestro fiel amigo me avisó, me dejó saber que ese olor significaba peligro, porque venía mezclado con el olor de los perros. Me quedé metido en el riachuelo, caminé sin salirme de él, para no dejar huellas. A cierta distancia, salí, restregué mi cuerpo contra un árbol de cocobolo, allí dejé mi olor, volví a caminar dentro del riachuelo. Los perros se quedaron desconcertados dando vueltas alrededor del árbol.
-Quiero aprender a defenderme de los humanos y de sus perros cazadores, dijo Manchitas. Puedo distinguir los olores de otros animales, pero no el de los humanos.
-Te propongo algo. Vamos hoy por la noche al lugar donde ellos viven.
Papá venado y Manchitas salieron, según lo acordado. La luna dormía en su cuarto oscuro y no salió esa noche. El viento descansaba después de correr y soplar todo el día.
Se acercaron sigilosamente al pueblo.
-¿Percibes el olor de los humanos?
-No, solo el olor de sus caballos y de las vacas en sus corrales.
-Afina el olfato, ¿lo puedes sentir?
-Ahora lo percibo, es un olor distinto-dijo Manchitas.
-Será mejor regresar a la montaña, sus perros podrían sentir nuestro olor, dijo Papá venado.
-Qué bueno que están aquí- dijo Mamá venado-escuché
Ladridos al otro lado de la montaña.
-También los escuchamos, pero caminamos por los Riachuelos, no pudieron seguir nuestras huellas.
Mamá venado interrumpió
-Algo se acerca-
Papá venado levantó su cabeza, paró sus orejas hacia adelante y su reluciente nariz se movió con ansiedad.
Entre la maleza, apareció Venado Mayor, grande, fuerte y con una cornamenta enorme de puntas ya desgastadas.
– ¿Ya están listos para esta temporada de caza?, preguntó el recién llegado.
Si, ya puedo percibir el olor a humano- dijo Manchitas.
– ¿Qué te pareció ese olor? preguntó Venado Mayor.
Hay algo que me desagrada.
-Yo puedo saberlo. En algún lugar de tu joven instinto, de tu pasado, está el olor a muerte, el olor de la angustia, de ser perseguida, acosada. Soy un viejo sobreviviente de varias cacerías y esa sensación es muy conocida para mí.
De pronto, unos ladridos cercanos pusieron en alerta al grupo. Manchitas y su mamá corrieron en una dirección, su papá y Venado Mayor salieron al lado opuesto. La jauría de perros siguió a los machos. Las dos hembras pronto encontraron un lugar en donde esconderse.
-Los perros no nos siguieron, dijo Mamá venado.
¿Por qué no siguen nuestras huellas? preguntó Manchitas.
-Nosotras no dejamos olores fuertes que sirvan para rastrearnos. Los machos despiden un olor penetrante con las emociones. Nosotras tenemos más control y nos asustamos menos.
-Nosotras dominamos al miedo, somos más fuertes- dijo Manchitas, levantando orgullosa su cabeza.
Regresaron a lo más profundo de la montaña. Ya amanecía. Los ojos de Manchitas brillaron cuando divisó a su papá y a Venado Mayor descansando bajo un árbol de Guanacaste.
Creyeron que el peligro había pasado, pero de pronto, aparecieron dos cazadores, habían dejado amarrados sus perros en algún lugar y sigilosamente se acercaron al grupo. Eran, padre e hijo, armados con unas inmensas escopetas. La familia de venados estaba indefensa y agotada. Los cazadores se aprestaban a dispararles, cuando de pronto un sonido muy conocido irrumpió en el ambiente. Una enorme serpiente hizo sonar su cascabel y se interpuso entre los cazadores y los venados. El hijo del cazador se quedó petrificado, viendo aquella enorme serpiente enrollada sobre sí misma y en posición de atacarlo a él. La cercanía con el amenazante y venenoso animal no le permitió reaccionar. El grupo de venados no hizo ningún movimiento, el otro cazador les podría disparar a ellos. Se armaron de valor y saltaron una y otra vez sobre la enorme serpiente, esquivando sus venenosos dientes. La serpiente ante el sorpresivo ataque de los venados huyó por entre la maleza.
-No vayas a disparar a los venados- gritó el hijo del cazador-. Les debo mi vida, me salvaron de una mortal mordedura. Volvamos al pueblo y contamos lo sucedido.
¿Ya viste papá? – dijo Manchitas. –Podemos demostrar a los humanos que no somos enemigos.
Manchitas se comunicó con otras hembras de su edad para visitar el pueblo. Acordaron que irían acompañadas con Venado Mayor.
Al aproximarse al pueblo, los perros, los perros ladraron enfurecidos. El grupo de venados caminó lentamente por la calle. Los humanos no podían creer lo que veían.
-Ellos están desconcertados –dijo Manchitas- al resto del grupo. Nos quedaremos un corto tiempo por acá.
Los humanos, con solo apretar el gatillo de una escopeta o soltar a los perros, podría producir una matanza. Antes que calentara el sol, los venados decidieron salir del pueblo. Un atronador disparo se oyó, los perros aullaron.
-No bajen sus cabezas, sigan caminando, dijo Manchitas. No es digno morir con miedo y con las cabezas agachadas.
-No disparen a los venados, ellos salvaron a mi hijo en la montaña, si alguno les hace un daño, deberá abandonar el pueblo para siempre, gritó un cazador.
-No se puede vivir con miedo, dijo Manchitas mientras continuaban caminando hacia la montaña. Es más, peligroso el miedo que las balas, nos inmoviliza y vemos enemigos donde no existen.
Sin embargo, la paz en las montañas dura poco. Una noche Manchitas, despertó sobresaltada. Cuatro coyotes tenían arrinconado a Venado Mayor contra un grueso árbol de cedro. estaba a merced de las fauces de los coyotes. Ya no podía correr. Manchitas y el grupo lo defendieron dando patadas a los coyotes que huyeron golpeados.
-No te vamos a dejar morir, dijo Manchitas. Vamos a buscarte un refugio en el pueblo, nos has dado sabios consejos, ahora nos debes obedecer, es por tu seguridad. Al llegar al pueblo, los humanos identificaron al viejo venado
-Hay una finca, con montaña y riachuelos donde pueden vivir los venados viejos, dijeron ellos.
Tiempo después Venado Mayor quedó sin vida junto a un arroyo. Su vieja y gastada cornamenta la disolvió el tiempo. Dicen los que observan esas montañas que, en invierno, con la luz de la luna llena se ven miles de ojos brillando en la oscuridad, son los ojos de los venados que se confunden con las luces de las luciérnagas. Al miedo se lo llevó el viento muy lejos y nunca más regresó.