El bendito
Autora: Beatriz Carvajal Vargas
Uno de mis hermanos tenía un padrino, a quien mis ojos de niña veían muy aseñorado. Don Elpidio era su nombre, vestía con ropas bien engomadas, usaba un sombrero de lona y lustrosas polainas. Al caminar, marcando el paso con los tacones, hacia tintinear unas doradas espuelas.
Aunque don Elpidio no vivía lejos de mi pueblo, supongo que causaba mejor impresión haciendo de buen jinete, montado en una bonita mula.
Cada domingo además de don Elpidio, llegaban al gran solar de mi casa, muchos señores del campo a guardar sus caballos mientras iban de compras.
Mi hermano Clemente y yo, sentados en una banca cuidábamos el portón del solar para que ninguno de los jinetes se fuera sin pagar por el servicio prestado. Me parecía una jornada larga, toda una mañana de vigilancia sin poder jugar. Por esta tarea la recompensa era una peseta, que apenas tocaban nuestras manos porque iba a parar a la pulpería. Era poco para tanta golosina.
Empecé a notar que a mi hermano le alcanzaba más la peseta que a mí, pues compraba de todo y con esa espinita, el domingo siguiente no deje de vigilarlo: no cobraba más, no se dejaba los vueltos ¡qué raro! De pronto lo vi correr, llegaba su padrino… esperó a que se bajara de la mula y en ademán de orar le dijo: ¡Bendito y Alabado sea el Santísimo, buenos días le dé Dios padrino! Don Elpidio de una bolsita sacó una peseta y se la dio como contestación al saludo.
Con razón compra tantas cosas y hasta va a la matiné, ¡me dije! y ni lerda ni perezosa al ver que el padrino se iba de compras, lo alcance y junté mis manos y con voz temblorosa le dije “Bendito y Alabado sea usted don Elpidio”, él se río de buena gana y acariciando mi cabeza contestó el saludo con 15 céntimos.
Desde ese momento don Elpidio tenía otra feliz ahijada.