Ir al contenido

La magia del arcoiris en el Irazú

Autor: Reinaldo Carballo Fonseca

El día 17 de marzo de 1963 se clavó en mi corazón y en mi alma como un aguijón envenenado de tristeza, llenando de angustia toda mi existencia. Estoy seguro de la fecha porque fue la víspera de uno de los días más desventurados del pueblo costarricense: la erupción del volcán Irazú.

Aún no cumplía los diez años. La vida de mi hermana menor y la mía se resumían a un pequeño hogar, una escuela y juegos en un barrio en las afueras de la ciudad, cuyos pobladores dependían de la producción agrícola y ganadera. Un caserío con calles de tierra, casa de adobe y madera, atravesado por un camino principal que comunicaba, por un lado, con la ciudad y, por el otro se perdía en la montaña.

Hay quienes no creen en las premoniciones, ni en la magia, pero ese día la angustia y el desasosiego me tumbó de la cama. Sentía en los huesos y en lo más profundo de mi un enorme peligro cayendo como una oscura sombra sobre todo el pueblo, en especial sobre nuestra casa. Por supuesto, mis padres, un agricultor asalariado de una pequeña finca y un ama de casa, no comprendían, ni entendían la intranquilidad incubada en mi mente. Ellos tenían problemas más serios en qué pensar.

Acudimos como de costumbre a la escuela y la maestra se encargó de distraer esas preocupaciones con cuentos e historias relacionadas con arcoíris y preparativos para el recibimiento del Presidente de los Estados Unidos, quien vendría al día siguiente.

No puse mucha atención a la importancia de aquel ilustre visitante, pero fuimos otros cuando habló de la magia del arcoíris para reverberar los campos y regresarles la tranquilidad a los seres humanos. No sabemos cómo emergen de las montañas, pero cuando lo hacen, con todos sus colores, sabemos que pronto la vegetación se pone más verde, las flores inventan colores con exquisitos aromas y el paisaje se pone más hermoso. Todos disfrutamos, recogemos flores, adornamos casas, nuestros padres regresan más contentos del trabajo y en los hogares las familias comparten aquella alegría.

De regreso, por aquellos caminos polvorientos, amenizados por el mugido de las vacas, el canto de los jilgueros y el susurro de las hojas de los árboles, compartí con mi hermana los misterios del arcoíris y la importancia de sus siete colores en la estabilidad del planeta: el rojo permite a los seres humanos la confianza en sí mismo, el coraje y la valentía; el naranja trae el entusiasmo y la exaltación; el amarillo, la felicidad, la alegría y el optimismo; el verde es el color de la vegetación y la fertilidad; el cian permite la serenidad; el azul se asocia con la mente, con lo sagrado; y el violeta con la sensualidad entre lo masculino y lo femenino.

Lucía no paraba de hacer preguntas sobre este fenómeno meteorológico, a las cuales no les tenía ninguna respuesta. La conversación acortó el trayecto y muy pronto estábamos en el pórtico de la casa, desde donde se podía apreciar la montaña y el imponente volcán con su permanente fumarola.

– ¡Juan, Juan!, gritó mi hermana. Mire allá, el arcoíris…contemos los colores.

Yo me apresuré a poner el bulto sobre el piso y corrí tras Lucía a una posición más cómoda para observar aquel fenómeno. Ella fue la primera en notarlo.

-El rojo, uno; el naranja, dos; el verde; tres; cian, cuatro; azul, cinco; y violeta seis…

¡Falta uno!

Dijo llena de preocupación y volvió a contarlos una y otra vez y el resultado era el mismo.

– ¡Falta uno!

-Tranquila, no grite. Debe haber un error en la cuenta. Déjeme a mí contarlos con calma.

Lo hice y cuando había terminado, no daba crédito a mis ojos.

– ¡Sí, sí! Falta el color amarillo.

La tomé de su brazo y corrimos impresionados en busca de nuestros padres para contarles el tormentoso hallazgo.

¡Mamá, ¡papá! ¡Mamá, papá!, gritábamos desesperados.

Entramos por el patio y de inmediato ingresamos a la cocina donde se encontraba nuestra madre. Estaba cabizbaja, despeinada y con los ojos llorosos. Al fondo escuchamos un portazo de alguien que salía por la puerta principal.

Lucía trató de informarle sobre aquel descubrimiento, pero ella nos abrazó y rompió en llanto.

– ¿Qué pasa?, pregunté preocupado.

Entre llantos y susurros nos dijo que papá nos había abandonado.

– ¿Qué? ¡Cómo! ¿Qué significa eso? No entendía nada.

Un dolor en el pecho comenzó a desgarrar mi alma. Corrí tras él, pero no lo pude alcanzar. Esa tarde transcurrió más lenta de lo acostumbrado, la casa se sentía vacía y oscura, nadie hablaba, mi madre se encerró en su cuarto y nosotros nos volvíamos a ver sin encontrar explicación alguna.

Lucía se acercó a mí y nuevamente me volvió a sorprender con esa imaginación que difícilmente los adultos puedan comprender.

– ¡Juan! Me dijo en voz baja, como en secreto. ¿No será por la falta del color en el arcoíris? ¡Es el amarillo, el color de la alegría y la felicidad!

Esa tarde no lo entendí, mi mente viajaba por terrenos remotos, ajenos a problemas

Meteorológicos; solamente podía pensar en la salida de mi padre y en el dolor de mi madre. Así nos fuimos a dormir.

Al día siguiente, la situación empeoró. Una nube oscura cubrió toda la capital, una capa grisácea iba envolviéndolo todo: las calles, las casas, los jardines, los ríos, las montañas, las flores, los cafetales, las huertas, los pastizales y el mismo ganado amaneció cubierto de ceniza.

Desperté meditando en las cavilaciones de Lucía, corrí tras ella y juntos tratamos de explicarle a mamá sobre la relación que había entre aquellas desgracias y la falta de un color en el arcoíris. Era nuestra madre, pero también una adulta, no comprendía ese tipo de razonamiento, ni siquiera la maestra o los vecinos lo entendieron.

Pasaron los días, las semanas, los meses y los años y la situación se agravó; papá regresaba de vez en cuando, mi madre lloraba casi todos los días, y el país se sumergía en enormes pérdidas materiales y humanas por las erupciones del volcán. En una sola noche, los deslizamientos de piedras, lodo y ceniza sepultaron poblaciones enteras, y dejaron tras de sí una estela de desolación y muerte. Se hacían esfuerzos para detener la ira del volcán: El presidente trajo un brujo que realizó una ceremonia sobre el mismísimo cráter, un bombero calculó la cantidad de agua que se necesitaba para bombearla desde el río Reventazón y hasta se pensó en lanzar bombas desde un avión para cerrar el cráter. La locura nos estaba confundiendo. La alegría y, sobre todo, el optimismo se estaba perdiendo de nuestro mundo.

-Tenemos que hacer algo. Le dije a mi hermana.

– ¿Pero ¿qué? Contestó.

La única manera que encontré para solucionar aquella terrible tragedia fue recobrar el color ausente.

Esa mañana tomé una alforja, la llené con unos pocos alimentos, una botella de agua y de la mano de Lucía tomé el camino hacia la montaña. Un par de horas después, solamente encontrábamos árboles, maleza y más árboles. Intentamos salir de la vereda y nos internamos por un sendero casi imperceptible. En algún momento desapareció y perdimos el rumbo.

El temor comenzó a invadirnos, tratamos de regresar al camino principal, pero de pronto nos encontramos con una choza vieja de bahareque, techo de paja y piso de tierra. Llamamos en busca de orientación. Una vieja mal vestida, pelo grisáceo amarrado en trenzas, enagua negra hasta los talones y un sucio delantal, apareció en la puerta. Le explicamos la situación y el propósito de nuestros andares por este lugar tan lejano y desolado. Sonrió y dijo que ella era la encargada de cocinar los arcoíris.

– ¿Cómo? Preguntó Lucía.

Nos hizo pasar al interior de la vieja casucha y nos encontramos con un ambiente cargado de misterio, grandes alacenas con diferentes productos, distribuidos en categorías y una gran estufa sobre la cual se hallaba una gran cacerola.

Dijo: -En esta gran cazuela introduzco los ingredientes, los hiervo y por la chimenea van saliendo los colores que van formando un gran arco y que todos ustedes ven desde la ciudad.

Era absolutamente sorprendente.

– ¡Pero! ¿Por qué razón le falta un color? Me apresuré a preguntar.

Cogió su delantal, se limpió el sudor de la frente, bajó la mirada y, de manera pausada, explicó cómo unos años atrás los cocinaba con la ayuda de su hija, quien le aportaba el valor de la inocencia. Desde su muerte, la pena la atormentaba y le impedía completar los ingredientes necesarios para un perfecto arcoíris. Aseguró que la presencia nuestra podría cambiar la situación. Conminó a Lucía para ayudarla a preparlo, pues con su pureza y candidez permitiría generar el milagro.

Pasaron toda la noche en los preparativos. La anciana cambió de semblante, le volvió el color a su rostro, por ratos se escuchaban las risas cómplices de alguna travesura y se sentía el ambiente de regocijo y entusiasmo. De las alacenas bajaban productos y se colocaban en la cazuela, la anciana los mezclaba con un gran cucharón de madera, Lucía probaba la sazón con una cuchara pequeña y con el dedo pulgar y el índice en forma de círculo, informaba sobre la calidad del producto.

A la mañana siguiente, nos despedimos de la señora. Lucía y ella se unieron en un gran abrazo y le prometió volver cuando ella lo necesitara. Caminamos por horas en medio de la montaña y al medio día, agotados por una larga y extenuante travesía, decidimos descansar en un predio.

Mientras tanto, en la barriada, nuestra ausencia generó una gran conmoción. Mi padre regresó inmediatamente. Organizaron una búsqueda por toda la comarca y pronto se internaron en la montaña. El desasosiego y ansiedad de mis padres por la pérdida de sus hijos los acercó nuevamente. Juntos ingresaron al bosque, desesperados y atormentados por los errores cometidos que consideraron fue la razón de nuestra fuga. Casi 48 horas después, en los primeros días del mes de enero de 1965, nos encontraron. Ver a mis padres de nuevo juntos fue una de mis experiencias más conmovedoras. Llorábamos, más por la alegría de verlos juntos, que por el sentimiento de sentirnos encontrados.

Cuando bajábamos de la montaña, mi madre nos advirtió sobre la presencia de un hermoso arcoíris a nuestras espaldas. Lucía contó los colores y esta vez comprobó la presencia de los siete.

Después de aquel incidente, mis padres se reconciliaron y volvimos a tenerlos juntos. El volcán no volvió a expulsar ceniza.

Cierre de la obra