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Cuento

Leonora

Autora: Rosaura Barquero Sánchez

Leonora fue la cuarta hija de Abelardo Gaytán Pacheco y Altagracia Quirós Ballestero, digno matrimonio que esperaba en este último alumbramiento su anhelado hombre, y a quienes ante tan inesperada llegada no les quedó más remedio que la santa resignación. Desde pequeña, la varonil personalidad de Leonora horrorizó a sus padres y hermanas, pues no era precisamente esa figura masculina la que tanto habían deseado, y dado que a la santa resignación la sustituyó la indignación y la abofeteó la vergüenza, haciéndoles creer lo que consideraron la peor desgracia de sus vidas, decidió la familia, como últimos y desesperados recursos al comprobar que la niña no podía, bajo ninguna regla impuesta hasta el momento cambiar su conducta natural, permitirle relacionarse en adelante únicamente con niñas, esperanzados en que alejándola de los varones cambiaria de actitud, obligándola además, vestir a diario los insoportables trajes que doña Altagracia adornaba con enormes lazos rosados, adornos que también debía llevar en sus cabellos, exigencias que lejos de lograr el objetivo deseado, solo convirtieron a Leonora, con seis años ya, en una niña triste, tímida y acomplejada, solo su prima Luz Celeste Castillo Quirós, de una edad similar a la de ella fue su única amiga, su compañera de escapadas a jugar con los muchachos del barrio las pocas veces que pudieron hacerlo, la que conoció su tristeza, percibió en silencio el rechazo del cual era objeto, y la que creció a su lado brindándole siempre respeto y cariño.

Los estudios fueron su refugio y única proyección, esperando poder graduarse en Derecho, sin embargo para sus padres era mucho más importante su objetivo de casarla cuanto antes, razón por la que la inducían al trato con los jóvenes de su círculo social, pero al comprobar que ella detestaba estos acercamientos y así lo sería siempre, su padre decidió retirarla del colegio, pues según dijo: “lo único que está haciendo es perdiendo el tiempo, porque no le voy a permitir estudiar Leyes, eso es para hombres, que le ayude a Altagracia, con eso tiene, y a partir de hoy le prohíbo salir sola”, decisiones que su madre y hermanas aplaudieron complacidas. Abandonó el Colegio sin terminar de cursar el cuarto año, y se dedicó a trabajar con su madre en el taller de costura que ésta tenía para señoras de la alta sociedad, obedeciendo sin reclamo y caminando sobre la línea que sus padres le trazaron y sobre la que aprendió a equilibrarse. Cuando la conocí en mi pueblo yo tenía aproximadamente diez años y ella quizá unos veinticinco, me llamaba la atención aquella muchacha alta, seria, de mirada triste, piel trigueña, cabello negro recogido en un moño, ropa oscura, un relicario de plata en su cuello, de porte diferente al de otras jóvenes y siempre acompañada de su madre, alguna de sus hermanas, y de una sombrilla blanca, inseparable compañera en la cual se apoyaba y que daba siempre un paso antes que ella. Aunque yo era muy niña sentía una mezcla de pena, curiosidad y cariño por aquella joven tan extraña entonces para mi, saludaba de manera educada pero tímida bajando siempre la cabeza, recuerdo también que en alguna ocasión que me miró, una leve y dulce sonrisa se dibujó en su boca. Pasaron aproximadamente seis años y ya adolescente, un día me decidí a preguntarle por ella a mi madrina Sara que había trabajado sirviendo en su casa cuando Leonora era niña, y ella me contó lo que sabía de su historia. Poco tiempo después su familia, y luego la mía, nos trasladarmos a la Capital. Doña Altagracia y Leonora se dedicaron casi por entero a colaborar con el sacerdote Aquilino Fuegoardiente, en los quehaceres de una Iglesia en el centro de la ciudad. Pasaban los años y de manera curiosa, seguíamos ocasionalmente cruzándonos en la calle, siempre seguía yo sintiendo por ella esa mezcla de sensaciones de mi niñez, y conociendo parte de su historia ese sentir se había intensificado.

Envejecí y Leonor más que yo, con el paso del tiempo empecé a verla sin compañía humana, pero apoyando siempre y cada vez más sobre aquella inseparable compañera, su encorvada existencia para no dejarla caer un día. Hace una semana, después de no sé cuántos meses o años la vi de nuevo, no podía creerlo, por primera vez su blanca sombrilla la llevaba abierta y su anciano rostro irradiando plenitud, parecía ser otra, pensé emocionada que de seguro algo hermoso había ocurrido en su vida, le sonreí como siempre y continué mi camino, pero esta vez Leonora avanzó hacia mi diciéndome

– Por favor, esperá.

Me detuve. Mi corazón empezó a latir con tanta fuerza que no supe que decir.

– Hace meses esperaba este momento. Me dijo con voz serena, voz que jamás había escuchado.

– Te conozco desde que eras pequeña, te he visto año tras año siempre cruzándonos en el camino, aún recuerdo tus ojos de niña observándome con curiosidad.

Y mi corazón seguía latiendo muy fuerte y no podía hablar.

– Talvéz te parecía un ser extraño, pero no lo soy, vení, sentémonos aquí.

Poco a poco mi corazón se iba calmando, nos sentamos junto a un puesto de flores de múltiples colores que contrastaban con su ropa oscura, los destellos del relicario sobre su blusa y la intensa luz de la blanca sombrilla cubriendo su espalda, parecía una hermosa acuarela y sentí estar dentro de ella. Sacó de la bolsa del abrigo un viejo pero cuidado papel, lo puso en mis manos diciéndome :

– Es sólo una historia más, pero sé que la comprenderás y lo harás, gracias mi amiga sin nombre, ni palabras.

Apretó mi mano con fuerza y yo la suya, su profunda mirada me dijo que aquello era algo muy sublime para ella, quise preguntarle muchas cosas pero no pude, se levantó y la vi perderse entre la gente reflejando la brillante luz del sol, la acuarela empezó a desdibujarse y sequé de prisa mis lágrimas para no desteñir más su imagen, comprendiendo en ese momento que sin saberlo, yo era una pincelada única en el paisaje de su existencia como ella lo era en el mío, sintiéndome dichosa de haberle proyectado algo tan inexplicable y positivo, que fue capaz de haberme elegido, por lo que sus ojos me habían dicho, para algo grande en su vida. Y al lado de aquella fusión de aromas y colores, leí sus palabras cargadas de energía doliente y callada que hoy transcribo a ustedes:

“Amé a mi prima Luz Celeste creo que desde pequeña, sin darme cuenta, con ese amor ingenuo y sincero de niñas inseparables que se acrecentó en la adolescencia, cuando se desplegó en mí el gusto por las mujeres, sentimiento que me llenaba de angustia ocultándolo en lo más profundo de mi ser, desde entonces la amé, y ella a mi de igual manera, transformándose poco a poco este amor en mezcla de pasión y culpa, porque no comprendíamos la razón de sentirlo, ni porqué la humanidad y las religiones lo condenaban si era un sentimiento tan limpio. Y las dos callábamos, talvez por miedo al pecado, talvez porque no lográbamos comprenderlo, y porque sabíamos que nuestras familias jamás aceptarían una relación así, hubiéramos sido la vergüenza más grande para todos, pero nuestra incondicional e inseparable compañía, nuestras miradas, nuestros deseos carnales individuales eran suficientes para que las dos, sin declararnos nuestro amor, supiéramos que era un sentimiento espiritual, sexual y único. Una tarde del verano de 1947, ella dieciocho años y yo diecinueve, vacacionando con nuestras familias en Puntarenas y aprovechando que nuestros padres visitaban unos amigos en Esparta, nos fuimos para la playa, y en ese atardecer maravilloso que viviría con nosotras para siempre, bajo una enorme sombrilla blanca, bondadoso cómplice protegiéndonos de la humanidad, Celeste y yo, sin importarnos nada más que no fuéramos nosotras dos, nos entregamos a nuestra pasión por primera y última vez en nuestras vidas, hicimos el amor con la locura de un sentimiento guardado por años, nos dijimos todo lo que siempre callamos y nos prometimos amarnos en secreto, pero unidas para siempre. Luego nuestras realidades como la marea alta que nos obligó a retirarnos aquella tarde, nos separó, la familia de Celeste y la mía sospecharon de nuestro amor, era imposible ya disimularlo aunque lo intentáramos, jamás nos preguntaron sobre ello, pero mi madre comenzó a recargarme el trabajo que realizaba en su taller de costura, lo cual nos impedía reunirnos con la frecuencia que siempre lo habíamos hecho, y a Celeste dos meses después la enviaron a Europa a vivir con su hermano mayor que radicaba en España, lograron separarnos, ese era su objetivo. Poco tiempo después oí comentar a mis padres que la obligaron a casarse con Fausto Villafuerte, un español amigo de su hermano. No supe más de ella hasta cinco años después que regresaron a Costa Rica a la casa de sus padres, los míos no hablaron al respecto, únicamente me prohibieron acercarme a ella sin más explicaciones, ante lo cual como siempre callé y obedecí, pero un amigo mutuo que fue a visitarla me contactó para contarme la razón de su regreso; estaba embarazada, corría alto riesgo y querían que su hijo naciera aquí, se encontraba muy mal y pedía verme. Sin importarme entonces las amenazas de mis padres, y pasando por primera vez en mi existencia por encima de su cruel egoísmo, fui a verla, crucé el jardín de su casa y toqué a la puerta una vez, nadie abrió, así que empujé la puerta semiabierta y entré, en ese momento un hombre venía a ver quién llamaba, nos presentamos, era su esposo, me recibió cortésmente alegrándose de mi presencia pues conocía el deseo de Celeste de que yo la visitara, pero una de mis hermanas les había dicho que me encontraba fuera del país. Me indicó la puerta de su cuarto y se retiró. No sé si podría describir aquí lo que sentí al verla en aquella cama, con una tristeza en su rostro que jamás olvidaré, nos abrazamos con ese amor contenido pero presente porque nadie logró sacarlo jamás de nuestras almas, tomando mi mano y besándola me dijo: “te amo y te amaré siempre, aquí o a donde vaya, no pudieron impedir que nos amáramos, sos el amor de mi vida aunque no estés conmigo. Quiero pedirte que algún día, en nombre de este amor, contés nuestra historia, sé que es solo una historia más en este mundo, pero talvéz pueda servir para que otras personas tengan el valor que nosotras no tuvimos, y luchen por defender su derecho a elegir a quien amar, y quizá para que muchos padres puedan comprender que no se juzgan los valores de los seres humanos, mucho menos de sus hijos, por su orientación sexual, para que no destruyan tan cruelmente sus destinos por sus prejuicios y apariencias sociales”. Mi llanto no me permitía hablar, lloraba por su vida, por la mía, por mi cobardía, porque así como desobedecí ese día y abrí la puerta de mi casa y la suya casa para verla, de igual manera debí abrir años atrás cargada de valentía, la puerta de nuestra felicidad por más cerrada que estuviera. Le juré por nuestro amor que lo haría, y me despedí besándola en la frente, con la tristeza más profunda que he sentido en mi vida. Dos días después Celeste murió con su hijo al dar a luz. Han pasado cuatro días de su muerte y estoy aquí con este dolor clavado en mi alma, y absurdamente con el valor que nunca tuve para defenderlo, escribiendo nuestra historia en esta hoja de papel, pero aunque mi juramento es sagrado, tengo un miedo espantoso de vivir lo que me queda de vida -si es que puedo llamar vivir a este simplemente sobrevivir- repudiada aún más por mis padres, mi familia y la sociedad, miedo del castigo que me espera por llevar en mi alma este pecado que mi religión condena, miedo de todo, miedo de la vida. No sé cuándo expulsaré de mi alma esta cobardía, hablaré de nuestro amor, y elegiré la persona para que cuente esta historia cuando yo ya no esté, solo el día que cumpla mi juramento tendrá paz mi espíritu y podré reunirme para siempre con ella”.

Leonora Gaytán Quirós, mayo 1952

Terminé de leer esta carta comprendiendo ahora su vida en forma total, y sintiendo repulsión y asco de esta maldita sociedad que juzga, castiga, odia, impone, sin mirar jamás las almas, impidiendo a tantos seres humanos realizarse en todo sentido.

La busqué al día siguiente de nuestro encuentro en la Iglesia donde me imaginé que aún colaboraba, quería decirle que siempre la admiré y ahora más, quería decirle “gracias por confiar en mí”. Pregunté a una señora que arreglaba el altar, quien llena de indignación me dijo que Leonora hacía aproximadamente un año, después de contarles en una reunión una historia de pecado que les causó terror, y decirles que al fin había logrado vencer en su lucha interior y que ya era libre, nunca regresó, luego el Sacerdote que se acercó preguntando la razón de mi presencia, me dijo que “por esa mujer sólo quedaba pedir por su perdón”. Tampoco supieron decirme donde vivía, solo sabían de una sobrina que no conocían y lejana a ella.

Hoy después de cinco meses, el Diario de la tarde informa como una simple nota más que Leonora Gaytán Quirós ha muerto. Les confieso que he sentido gran tristeza y a la vez una enorme alegría, pues sé que como ella lo dijo en su carta, su espíritu alcanzó la paz reencontrándose con su amor. La recordaré, recordaré su grandeza, su valor, extrañaré su enigmática presencia en las calles de San José, y seguiré contando esta historia aunque sea, como es la de cada uno de nosotros, una más en este mundo.

Cierre de la obra