El muerto ajeno
Autor: Fernando Francisco Acosta Vargas
Cierta noche, y como casi todas las noches, en la cantina del barrio, de gran popularidad en la zona por sus exquisitas bocas y además porque no había otra, compartían unas birritas y los acontecimientos del día, Berto, que como es de suponer se llamaba Filiberto, Mario el machillo, Maikol y el negro Willaim, que no era negro. Amigos de siempre, rondaban alrededor de las treinta primaveras.
Berto trabajaba en las artes de la brocha gorda y era indispensable en el barrio no solo para pintar sino para arreglar fontanería, carpintería, reparar techos y canoas, no existía reparación que se le resistiera, a lo que siempre al terminar el trabajo decía: nuevamente el hombre vence la máquina. Pelo negro, colocho, siempre andaba con camiseta de tirantes y pantalones a media pierna, no podían faltar los perennes tenis de marca comprados en una tienda de ropa americana.
Mario, tenía la piel tan blanca que dejaba ver todas las venas, pelo castaño tirando a rubio producto de lavarse el pelo con manzanilla, y que según él, le daba un aire de alemán, era asistente de enfermero en el San Juan de Dios, y por eso no se quitaba el uniforme blanco a la salida del trabajo para que le vieran con respeto y le encantaba que alguna señora del barrio le dijera, hola doctor y entonces sacaba pecho caminando como un chompipe. En sus labores hospitalarias se encargaba de las labores que a otros les disgustaba hacer, limpiar las camas y colchones de los pacientes que no les daba tiempo de ir al baño, botar basureros con apósitos sucios y de riesgo biológico, botar los “patos” con orines, ayudar a pacientes a bañarse y por supuesto a suministrarles de contrabando a algunos enfermos sus cigarritos o su traguito, claro, a cambio de unos pesos que en la noche quedaban en la cantina.
Maikol era carpintero, aunque se decía ebanista, trabajaba en un pequeño garaje que alquilaba, en donde hacía desde bancos hasta mesas, repisas y sillones, sin faltar la forrada o barnizada para muebles desvencijados de la gente del barrio. Desde la escuela uso anteojos y padecía de una anomalía visual que le hacía confundir los colores, así que no era de extrañar verlo vestido con camisa roja y pantalón morado.
Y por último, el negro Willaím, no tenía oficio conocido y muchas veces la policía lo detuvo por estar enredado en asuntillos un poquito fuera de la ley, era observador y astuto, amigo de los amigos y como vendedor de artículos de dudosa procedencia, nadie le ganaba. Cuando le fueron a bautizar la intención de su mamá era ponerle el nombre de William, como un novio que tuvo en su juventud, pero quiso la desgracia que el hombre de asentaba las Partidas de Nacimiento en la parroquia, disléxico para más señas, anotó en el renglón del nombre: Willaím. El sacerdote a la hora de imponerle las aguas bautismales lo nombró tal cual el funcionario lo anotó, Willaím y Willaím se quedó. Siempre le gustó andar bien vestido, guayabera blanca, pantalón de gabardina y zapatos de suela volada.
Esa noche en la mesa todos reían a más no poder por las tonterías que se contaban y que muchas veces eran producto de la imaginación pero que se decían como ciertas solo para que los demás se rieran, así fueron pasando de temas, películas, amoríos, borracheras, pleitos y no podía faltar el tema principal, el fútbol, Berto de Heredia, Mario de la “S”, Maikol de la Liga y Willaím que iba con el que le invitara a una cervecita. Empezó la discusión entre Mario y Maikol acerca de si la “S” tenía mejor defensa que la Liga, o quien tenía mejores volantes, el portero, el entrenador y hasta el aguatero, o que si los árbitros favorecían a uno u otro equipo, total que se fueron calentando los ánimos y de repente Berto quiso dar su opinión y Mario furioso, le increpó diciéndole: no te metás, porque para vos este es un muerto ajeno. Y así terminó la noche de tragos y cada quien tomó rumbo a su casa.
Berto llegó al cuarto que alquilaba cerca de allí y procedió a acostarse, ya estaba un poco somnoliento, producto de los alcoholes ingeridos. Estando por dormirse se puso a repasar y sonreír del buen rato que pasó con sus amigos, ya casi se quedaba dormido, cuando de repente y como un relámpago la frase de Mario le sacudió, “no te metás, porque para vos este es un muerto ajeno”, incorporándose, dijo en voz alta: ¡Puta, como no se me ocurrió antes!
No pudo dormir engranando cada una de las ideas que iban y venían en su mente, así llegó la madrugada, pasó el día inquieto y afinando detalles de lo que iba a compartir con sus amigos en la noche, el día se le hizo eterno, hasta que llegó el anochecer y como siempre se juntaron alrededor de la mesa del fondo, que estaba apartada de las demás y que fue una ventaja para cobijar el gran secreto que les iba a confiar Berto.
Con mucha seriedad y parsimonia, les dijo, señores anoche tuve una idea que nos va a sacar de pobres, cada uno de nosotros va a aportar lo que sabe y a lo que se dedica para llevar a cabo un proyecto que nos va a dar plata hasta para tomar whisky en lugar de estas cervecillas baratas. Todos pusieron cara de incredulidad y se volvieron a ver como diciendo, este Berto está loco.
Berto procedió a explicarles el plan, es sencillo, Mario desde el hospital nos va a avisar cuando hay algún muerto de familia acomodada, Willaím quien tiene amigos que se dedican a falsificar documentos, le confeccionan una cédula con los apellidos del difunto y va a la morgue a retirar el cuerpo, mientras tanto Maikol hace un ataúd de cualquier maderilla pero que parezca de primera, hasta con un Cristo de repujado en la tapa, yo por mi parte voy a alquilar una casita en donde llevaremos al difunto, allí le lloraremos hasta que aparezcan los verdaderos familiares, van a abrir el ataúd y reconocerán al muerto y querrán llevárselo, pero claro, nosotros mostraremos incredulidad porque no habíamos abierto la caja, que pena, no es nuestro muerto, no hay problema en que se lo lleven pero primero tendrán que reconocernos los gastos en que incurrimos, ataúd de la mejor funeraria (Willaím hará la factura con logo y todo), costo de la carroza para el traslado a la casa, claro que no les diremos que fue en un taxi de carga, las flores, traídas del cementerio de un funeral reciente y por supuesto algún aliciente económico por nuestras diligencias y sufrimientos. Los aplausos y los gritos de aprobación se oyeron por toda la cantina. Esa noche se quedaron más de lo acostumbrado y por supuesto invitaron a Berto por haber tenido tan genial idea.
En menos que canta un gallo pusieron en marcha el plan, y a la semana ya habían llorado al primer difunto, el plan fue tan exitoso que tuvieron que trabajar arduamente, no solo en sus labores habituales sino en las “velas”, pues los muertitos llegaron a ser hasta tres por semana, el papeleo de las facturas, traer las flores del cementerio y los disfraces que tuvo que ingeniarse Willaím para que no lo reconocieran en la morgue. Cambiaron de casa varias veces para no despertar sospechas entre las gentes del nuevo barrio en que velaban a los occisos.
Todo marchaba como un relojito, al cabo de tres meses ya habían acumulado varias decenas de miles de pesos cada uno, y se daban la gran vida y de verdad empezaron a tomar whisky y a vestir más catrines. La vida es buena y es bella.
En esos días murió doña Rosario de la Cueva, acaudalada dama de la sociedad y los compinches siguieron el plan acordado y la llevaron a velar a la casita, y se sentaron a esperar a los familiares, los cuales no tardaron en aparecer reclamando a la difunta, como siempre, le presentaron las facturas de los gastos al esposo de doña Rosario, don Ramiro, quien casi cae con un patatús al ver la factura del ataúd con el logo de la “Funeraria El Descanso Eterno” y por una suma muy elevada, inmediatamente el viudo llamó a la policía, pues él era el verdadero dueño de la verdadera funeraria.
Los amigos ya no comparten las birritas, sino que comparten la celda, Mario y Maikol siguen discutiendo de fútbol y a veces le preguntan a Berto: ¿Y vos, que opinás? Berto solo contesta secamente: ¡No me gusta el fútbol!