Mi amiga la cebolla
Autor: Gregorio Apablaza Fuentealba
País de origen: Chile
Tengo en mi mano estragada la cebolla más fea del mercado.
Con sus hojas desvaídas luce espantosamente atrabiliaria
como si la hubiesen manoseado muchos clientes arrepentidos.
La he comprado porque vi en ella algo que se me parece:
una sombra titubeante, un matiz crepuscular, unos colores
perdidos.
La he traído a casa, aunque ella no quería en su timidez desganada.
Se me rehusaba en la canasta, se me acurrucaba en el fondo,
como teniendo vergüenza de tanta verdura fresca,
del tomate colorado, de la lechuga exuberante
del pimiento morrón tan verde y las zanahorias turgentes.
No te escondas, mi amiga, le dije yo, no temas,
porque tú puedes ser la mejor metáfora de mi vida.
Ahora en mi mano te acaricio, y te descubro piel a piel,
muy despacio, porque recelo que me voy desnudando,
porque en cada capa que cae, algo de mí yo voy viendo
como escenas proyectadas sobre tu blanco macilento.
Ya cayó la hoja de los sesenta con sus sinsabores recientes,
con sus cansancios nuevos y las miradas que zahieren,
esas que me recuerdan que estoy poniéndome viejo.
Ahora viene la de los cincuenta con arrestos aún juveniles,
con torpezas agazapadas, con desbordes a destiempo,
con locuras irremediables que merecen toda condena.
“Ay, cuánto lo siento niña, haberte faltado el respeto”.
Pero antes de seguir hablando de cosas que ya no son,
Quitaré la capa que me avergüenza, para tocar la de los cuarenta.
Esta luce colores más vivos y un aroma realmente penetrante.
Es la juventud prolongada, los proyectos que se concretan,
obras tan aplaudidas que amenazaron casi endiosarme.
¡Vanidad de la obra terminada, porque acabada la jornada
queda el corazón vacío, esperando la siguiente!
Debo avanzar a los treinta porque necesito brazos fuertes
para cargar a los hijos que vienen llorando y exigiendo
la renuncia, y otras cosas que no quiero decir por modestia.
He de pasar a los veinte porque allí tal vez esté la llave
que descifrará los enigmas que me han estado desquiciado,
las decisiones ligeras, y las presunciones varias
que se castigan con años de soledad, de repulsa y de silencio.
La cebolla se está achicando y me está mordiendo los ojos,
sin querer ya estoy llorando, tal vez sea por los diez años
que han irrumpido de golpe con ramalazos de invierno,
que no cesaron de lanzar golpes y de apretarme el alma.
¿Adónde me llevarás, cebolla amiga, en tu pequeño repollo tierno?
Esas hojitas verdes que se amontonan como capullos suaves,
resbaladizas como el líquido en que nadaba yo en el vientre.
¿Me llevarás solo a la semilla, al huevo, al embrión insignificante?
¿O me llevarás a la mano que sostenía la semilla-huevo-embrión
de la que vino lo que yo fui, de la que procedo sin escapatoria?
¿Descubriré por fin las claves de mi secreta estampa
de mi índole impredecible, de mi irremediable estulticia?
Querida amiga, gracias por venir conmigo y aceptar el
despojamiento,
este viaje regresivo, esta aventura desventurada, porque
tras cada capa que se fue, fuiste quedando desvalida.
Así nos vinimos lentamente, mi amiga cebolla y yo,
desde un vagido lamentoso hasta una doliente carne ajada,
hasta una mano que dice adiós con lo que queda de una cebolla
que ya no parece cebolla, enteramente deshojada.