Inviernos, delirios pasajeros
Autora: Mayra Dumpierre Matamoros
País de origen: Cuba
A veces siento un frío que me coagula. Me paraliza.
Un frío absurdo y descomedido. Depredador de mi paz,
de mis mejores ideas y equilibrios. Comienza generalmente
por el encéfalo. Se filtra hacia la médula y circula por las arterias.
Se apodera del torrente de mi sangre, de cada órgano,
de cada hueso. Paraliza los músculos y articulaciones.
Raja las membranas de mis células. Zarandea el citoplasma.
Se ensaña en las neuronas. Me eleva de puntas cada uno de los pelos.
El desatinado tensa mis alas. Escamotea los sueños.
Me empaña la córnea, los miradores y vidrieras.
De noche me mordisquea como un animal hambriento.
Pudiera diseminarse por el aire. Condensar la atmósfera.
Despabilar sin tino a la socarrona lengua del silencio.
Logra disfrazarme de escarcha. Volverme una efigie.
Aniquilarme con un odioso temblor. El más recóndito y perverso.
Mientras me congelo, telefonea preocupado por mi bienestar
alguno de mis hijos. Improvisa una broma o quizás
me agasaje con una elemental confidencia.
Pudiera sorprenderme un amigo (o amiga) interesado
por mi salud o para compartir libremente algún proyecto de vida.
De repente, asoman los perfiles de mis nietas por un escondrijo
cualquiera. Juegan, saltan, me convocan… se desternillan.
Y adentro, muy adentro, el eco filarmónico de los “te quiero” “aquí
estoy”
“tú conmigo”… Cada fonema en el subterráneo de mis reservas.
A menudo, por algún gesto del azar, se enciende el
equipo de música. Lo mejor pudiera comenzar con la Tocatta
en Fuga o con las sinfonías: La Quinta, La Séptima, La Novena…
Algo sigue trascendiendo en el Molto Allegro de la Cuarenta.
Y como si aún no bastara, sobre una centella de luz descuella
Whitman
espontáneo y regocijado. Andamos la pradera. Cantamos:
Yo existo como soy. Eso basta.
Yo existo…
Mis pies entibian y desandan la hierba cuando escucho a Lorca
desde un espacio contiguo. Alcanza a persuadirme:
…Los relojes nos traen los inviernos…. O quizás:
…Los días abandonan
su piel, como culebras,
con la sola excepción
de los días de fiesta…
Pero más hacia el oeste, sobre una rama del flamboyán
y muy cerca del cocotero, acierta a posarse algún pájaro errante.
Quizás ande cortejando a la hembra con sus armónicos, sus
aleteos
y consonancias. Se satura el entorno. Y poco a poco, voy
retornando
a mi clima, a los más dignos espacios y certidumbres.
Me acomodo en la tibieza de una enorme concavidad.
Giro sobre el suelo firme. Trepido como una hojita de hierba.
Sonrío. El tiempo prosigue su curso como si nada hubiese ocurrido.