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Cuento Extranjero

La Kennedy

Autor: Lauro Cruz Sánchez
País de origen: México

Ella baila sola, resistiendo la agresión del desconcierto circundante, en contacto directo con el fluir de la sangre. Baila sola, no porque se sienta rechazada; ella baila sola porque se considera dueña del mundo y, precisamente por eso, porque el orbe es suyo, lo desprecia, hasta llegar a la abstracción total, abstracción que desaparece a la gente, borra los objetos a su alrededor y desdeña las miradas ociosas.

En el parque, la fiesta semanal continúa. Los pasos y saltos estilizados de los que dominan el baile, engalanan la explanada. La estatua del presidente Cárdenas parece ufanarse desde sus quince metros de altura; se siente inalcanzable por la alegría de los estúpidos; de esos diminutos seres que, domingo a domingo, asisten al jolgorio. Ella baila sola porque así castiga al destino, que le ha lamido los orígenes y la condena a caminar sobre la línea roja de la vida y a vagar en la zona pavorosa de la noche. En franca comunión con ella misma, con el fluir de su sangre y los latidos de sus huesos. Algunos la maltratan; otros, la evitan. Baila sola porque detesta la compañía de los demás. El hecho de aislarse es una respuesta a todos aquellos que saben que los odia. Cuando el día empezaba a puntear, la suerte estuvo de parte de Jaquelín Pantoja, autonombrada la Kennedy − debido a que admiró a dicho Presidente, en su pubertad−, y pudo obtener varias monedas, suficientes para conseguir activo. Más tarde, drogadictos de rasgos impersonales le convidaron unos tragos. Acostumbrada al fétido aliento de los desconocidos, regala caricias y sorbe babas. Eso le ayuda a olvidarse del hambre, de tal manera que su prioridad, en este momento, es el baile, volar sobre la alfombra musical, olvidar la cuna que la vio nacer y el barrio donde creció. “¡Aaah!, Una buena piel de brazos fuertes no nos caería nada mal, ¿o no, mi cuata?”, busca la complicidad de su amiga imaginaria.

Sentir el olvido… Saborear el aire… Olvidarse de su historia y de su cosmogonía particular… Despreciar a la Kennedy, por puta… Arrojada fuera del orden natural de las cosas, aislada de toda jerarquía, en soledad, tiene la impresión de arrastrar sus fatigados pies en medio de un desierto. No le teme al repudio social pero tiene plena conciencia de la dignidad. El número de sus amigos crece al mismo tiempo que aumenta su propia soledad. Vaga rastreando especímenes afines, al lado de perdedores, beodos, fantasmas de la noche −criaturas desesperadas en busca de cualquier madriguera tibia. Es una etapa de su vida que parece no tener fin, un pozo sin fondo, una caída libre hacia la nada. Vivir en el lado oscuro de la vida; es una maldición que ni el dinero te quita de encima. El sólo hecho de pensar en acercarse a la muchedumbre le repugna. De pronto, un cálido viento le susurra al oído: “Eres una bendición para mí: baila descalza, en franca comunión con la Tierra… Hoy te sientes adicta a ti misma… Cierra la mente, abre los sentidos, seré tu cómplice… Habla con tu sobriedad adormecida, grita en silencio… Llora en el hombro del sol… La miseria de la vida es infinita; la soledad, un instante. La calle te pertenece; la tarde, también”.

Aquella voz interna la transporta a muchos lugares, sus carcajadas silenciosas la arrancan del piso. Flota en ellas durante unos instantes.

Sus pies desnudos se niegan a buscar el regreso a casa, una salida, sin saber por qué. El tiempo no existe; los recuerdos, son quimera. Su paso vacilante abre heridas en la memoria; heridas de silencio… silencios que son destierro, destierro convertido en vinagre, vinagre que debe ingerir para continuar danzando.

Ella baila descalza, la lluvia la consiente, goza su bondad, le produce una súbita sensación de frescura. La humedad en sus pies es un gran deleite, los brazos del agua masajean su espalda. Da un largo trago a su botella, mientras gira, con un brazo estirado. El aroma a hierba y tierra húmedas se confunde con el acohol. El asfalto mojado le entrega un manto de entusiasmo. En el baile la acompañan miradas curiosas de transeúntes, choferes y aquellos mirones del parque que ríen, de manera odiosa.

A la Pinche Borracha, la Puta Mugrosa, la Vaca drogadicta— como es conocida en el barrio—, le encanta bailar descalza pues así se conecta con su niñez, cuando cualquier pequeña sorpresa se convertía en alegría. Abre los brazos, exagera el movimiento de las nalgas, sonríe a las nubes, salta, pisa fuerte hasta hacerse daño y no sabe por qué. Sus movimientos son torpes, vacilantes, ofensivos a la vista. Su rostro está empapado de sensualidad. Lanza su cabellera al viento, larga, negra e hirsuta. Los pequeños ojos, enmarcados por sus amplias mejillas, permanecen cerrados. Sus celulíticas piernas titubean con los brazos extendidos —que penden rechonchos y flácidos, como badajos oxidados—, ora a los lados, ora enfrente. Instantes después, rodean su cuello, abrazando su soledad. Su aspecto es el de una embarazada. Su autodestierro va creciendo, engordando, igual que un cerdo. Su gesto desmedrado no refleja ninguna emoción. El aire sopla tibiamente bajo su minúscula falda. Ella baila sola y descalza, conducida por el azar y la inercia. Desaparece del barrio junto con los rasgos de su padre muerto. El destino la trata como trapo sucio. Cuando la música se torna lenta, la Pinche Borracha cierra los ojos y restriega su humanidad contra un poste de luz, susurrando palabras obscenas al oído de su pareja… ríe de forma grotesca cuando cree que éste le responde. La memoria ha borrado sus orígenes; el alcohol, ha dañado su memoria. Sin embargo, habla con la madrugada, la noche y el viento. Parece que su existencia se sostiene de un hilo invisible. De reacia memoria y voluntad indómita, se lanza al abismo de su alma. Está acostumbrada a dialogar con esos seres imaginarios que la acompañan a todos lados, como fieles mascotas.

A veces recorre las calles sin rumbo fijo, convertida en un ente abstracto, con la mirada perdida, la vista perdida en la distancia, sin atender a nada ni a nadie, ejerciendo su sagrado derecho a desaparecer. La tarde deja caer un piadoso velo sobre sus espaldas. Ahora, el sol, el viento, la lluvia y la luna la tienen sin cuidado.

La desnudez de su alma y la soledad de sus pies la facultan para hacerse invisible, cubrirse con un manto de indolencia cuando el ruido de los autos la despierta por la madrugada y se descubre rodeada de vómito. El frío del alba le muerde las mejillas y la espalda. No sabe cómo carajos llegó esa mierda a su lado. Los primeros parroquianos comienzan a circular por la banqueta. Los recuerdos los recorre con el zoom de la memoria… Estuvo bebiendo y bailando con desconocidos en una imprenta, varios de ellos la penetraron, a pesar de andar en sus días. Ya no pudo llegar a la gasolinera donde le permiten guardar su cobija que la protege del frío y ablanda el cemento durante la noche. Tal vez los empleados bancarios le hicieron esa maldad de rodearla con inmundicia porque la descubrieron en el umbral del cajero, piensa.

-Bueno, ¡pues que se jodan, a’i les dejo ese regalito, ja! -más tarde, todo queda en el olvido, como un mal sueño. Es un cuerpo atrapado en la penumbra de la vida, concretado en una silueta morena de carnes amorfas, flácidas y hediondas. No obstante, el caos de ese muladar es un fiel reflejo de su vida. La ciudad se oculta tras los edificios, desaparece entre el rugir de los autos. El domingo siguiente, el parque se viste de cotidianidad; la Kennedy, también. Hace gestos despectivos al mirar a la gente allí reunida, cargada de patetismo. Soporta los embates del barullo de enfrente. Las costumbres de esas personas apestan, de la misma manera que las risas, burlas y miradas curiosas. Las nubes forman un toldo deslumbrante y magnífico sobre el barrio. A esa hora el sol se regodea con sus rayos deslumbrantes. Las aves, con su permanente algarabía y su canto indiscriptiblemente variado, se ocultan en grandes bandadas entre los árboles, mostrándose de vez en vez, saltando de una rama o de un árbol a otro. La Puta Mugrosa -una mujer solitaria, de muslos anchos, caderas bien plantadas y redondeces totales, aunque de senos altivos-, mostrando el dedo medio a Lázaro Cárdenas y a la concurrencia, cierra los ojos e inicia el ritual, sus pasos intentan ser más llamativos y seductores. Gesticula en la plenitud del atardecer, embriagada de viento, ahíta de sol, dentro de aquella sensación de levitar con los sentidos aplanados. La tarde es una copia fiel a la de la semana pasada, sumergida en un profundo y duradero éxtasis. El parque reacciona con una extrema sensibilidad: ora en silencio, ora alborotado. Esta vez, sin embargo, envuelta en una realidad que la asfixia, el sudor se apodera de su obesidad. En la soledad, con un hueco en el estómago, se siente acompañada. El aislamiento empieza a estrangularla. Ahora su infancia se le presenta como una bicicleta arrumbada; su juventud, es una muñeca rota, al lado de objetos inservibles. Se siente como en una cárcel invisible. Grita en silencio. En este momento, sus lágrimas claman por la noche, los ojos se niegan a mirar. La sangre no puede circular; el corazón, se resiste a palpitar. Se asfixia entre edificios, árboles y automóviles. La estatua, con fuego en los ojos, le ordena postrarse a sus pies. De repente, se queda petrificada, al igual que su voluntad y su deseo. Permanece en silencio, más quieta que una roca. En su mirada se dibuja un haz de espesas sombras; luego, obedeciendo a aquel mandato, echa a andar. La gente la devora con los ojos. El cielo se muestra funesto; por encima de los edificios, las amontonadas nubes entregan un espectáculo atroz. Cubierta por un color de profundidades marinas, sus sentidos alcanzan a percibir un sordo y trémulo murmullo. Tambaleante, encorvada, decadente, torpe en el andar, hirsuta de cabello, hinchada del rostro, entra en el parque, con las rodillas temblando y la vida hecha una absoluta mierda. Resiste la agresión de las injurias circundantes. Parece que la estatua se encuentra a kilómetros. Los ojos se le dilatan, hasta casi escaparse de las órbitas. Le tiemblan las piernas, la frente perlada de sudor. Toda su realidad se vuelve opaca. Ahora, el parque es una enorme mancha sin luz, parecida a una inmensa y tenebrosa cueva. Los perros callejeros ladran furiosamente, el gentío —que la envuelve en su torbellino— tiene rasgos borrosos, sus burlas se confunden con el bullicio ensordecedor de los pájaros, los cláxones de los autos y la música de cumbia. Las manos del viento la ahorcan, los rayos del sol le oprimen el pecho. Cae a los pies del expresidente, con una cierta sensación de frío y de vacío. Su sangre se confunde con el alcohol de la botella rota. Cárdenas ─una estatua ennegrecida, sin rastro de belleza─ lanza una mueca socarrona, señalándola con su gigantesco dedo índice. “La única solución para tu existencia, es la muerte”. Esta vez siente una granizada de menudos piquetes en el corazón. Le parece que ingresa en una gruta lóbrega, el piso está helado como témpano. En el lugar, su olfato percibe un extraño olor a moho. Ahora lo comprendía todo: esperaba su hora viajando en un mundo de tinieblas, con los huesos del espíritu rotos. Como salpicada con furia por manchas del tiempo, su cara muestra un ocre mortuorio. “¡Hijo de puta!”, alcanza a murmurar la Borracha. Los colores de la vida desaparecen de su rostro. Con una mueca mordaz, siente de nuevo el encanto fascinador de la vida. De pronto, había recuperado la frescura sin mácula de su niñez.

De lo alto desciende un viento fresco que envuelve su cuerpo, bañado en sudor.

La borrachera ha desaparecido, a causa de la opresión en el pecho. Con el último suspiro de su sobriedad, muestra el dedo corazón a Cárdenas, a la gente que la rodea y a la muerte.

Cierre de la obra