Realidad, mitos y una leyenda
Autor: Rafael Ángel Abarca Jiménez
La gerontología es la ciencia de la salud que cuida del adulto mayor. Describe problemas reales como los originados por la próstata, poca eyaculación, reducción de los testículos y los achaques propios de una edad muy avanzada donde en forma natural se va perdiendo el deseo sexual.
Además de estas realidades existen muchos mitos acerca de la sexualidad en el adulto mayor. Por ejemplo, los hombres mayores no tienen erección o que no producen testosterona ni semen. Solo los hombres tienen deseo sexual y las mujeres no. El sexo es malo para la salud. Los hombres adultos son “viejos verdes” por desear tener sexo con jóvenes. No desean tener sexo con sus parejas de la misma edad. El adulto mayor no puede tener hijos y si los tiene es porque la mujer lo engañó. No falta el dicho popular que reza: “billetera mata galán” o sea, los adultos solo pagando pueden tener sexo. El peor de los mitos y el más falso de todos es que los adultos mayores pierden el romanticismo con la pareja que les ha acompañado toda su vida. Todo lo contrario, porque precisamente a la edad madura es cuando todos los errores son cosa del pasado y si lograron superarlos es señal de que el futuro es más prometedor.
Tengo 72 años y nunca he perdido el concepto del romanticismo. Muchos amigos y amigas aún mayores que yo, lo vivimos a plenitud. Cuando hablamos del tema llegamos a la conclusión de que el romanticismo es más placentero porque lejos de disminuir con los años, vivimos la pasión con más intensidad. No tenemos que vivir el sofocamiento y la tensión de pensar en los hijos pequeños ya que la familia ha crecido y se puede sostener sola.
En la condición de jubilados, tenemos todo el tiempo a nuestro favor para renovar cada instante ese amor con la pareja llenándola de besos, caricias intimas, posiciones exóticas y mucho sexo. La comprensión entre las parejas es lo más importante y romper con aquellos mitos que los han esclavizado toda una vida.
Muchos de mis amigos tienen por pasatiempo ir a bailar solos o acompañados con su pareja hasta dos o tres veces por semana. Las parejas deben de ponerse de acuerdo para aventurarse a hacer cosas diferentes como ir de vez en cuando a cenar, ir a fiestas, tomarse unos tragos con los amigos de siempre y terminar en un motel sin importar los comentarios de los hijos o familiares. Nosotros los adultos nos preocupamos por las enfermedades venéreas y no estamos dispuestos a arriesgar nuestra salud por un rato de placer y esa es la gran diferencia de hacerlo con nuestra compañera de siempre.
Quiero enlazar este tema de la sexualidad con una leyenda que oí cando yo era muy niño, hace más de cincuenta años.
Llegaba un hombre llamado Sirius que venía de Sur América a dar charlas de sexualidad a los adultos mayores. Tenía una barba blanca como una montaña de nieve que le tapaba todo su pecho. Siempre le acompañaba su bella esposa de trenzas largas y blancas.
Invitaba a los vecinos a comer y aprovechaba para educarlos un poco. Les contaba el modo de vida sexual de su pueblo natal que según él era digno de aprender. En esas reuniones exclusivas para adultos, los niños comíamos galletas polacas con agua dulce y nos mandaban a jugar mientras ellos le ponían atención con su inseparable trago de contrabando, cigarrillos y su naipe. Mientras los otros niños jugaban a las escondidas y me buscaban yo me escondía entre los adultos para oír a don Sirius con sus conversaciones prohibidas para mí. Un día contó una leyenda que jamás podré olvidar. Hablaba sobre un pueblo ubicado en la cima de una montaña a 3.500 metros de altura, conocido como “La Catedral del Cielo”. Tenía solo 611 habitantes, eran hacendosos, buenos, inocentes y no conocían la malicia. Allí vivía un anciano viudo llamado Florencio de 72 años. El pintaba mándalas, escribía poemas, tocaba guitarra y le hacía honor a su nombre porque también cultivaba flores. Cada día de su vida en los últimos 20 años recordaba a su amada esposa con amor y pasión. En las madrugadas soñaba con ella, la abrazaba, besaba, acariciaba su suave y esbelto cuerpo. Al despertar se acariciaba a sí mismo y comenzaba cada día su rutina yendo al campo a sembrar sus flores para venderlas en el mercado y se guardaba el mejor ramo para llevarlo a la tumba de su amada.
En las noches de luna llena se alejaba de su parcela, se dirigía montaña arriba al ojo de agua donde nace el Gran Río y se bañaba desnudo pensando en su difunta mujer. Con su guitarra, poesías, suspiros y lágrimas de pasión mortal le pedía al Cielo que le mandara la muerte para estar junto a ella.
En el valle a unos 55 kilómetros abajo, había otro pueblo llamado “Betel” de 334 habitantes. Era gente indígena que vivían muy felices y eran aún más inocentes que sus vecinos de arriba. Eran tan naturales que en tiempos de calor se bañaban desnudos en las pozas de los ríos. Divertidos se pintaban sus cuerpos de colores con el polvo de las piedras del río, de plantas de los manglares y de achiote. En invierno los hombres apenas cubrían sus genitales con taparrabos que ellos mismos fabricaban con mecate de cabuya y gangoche. Se dedicaban a los cultivos y la cacería, mientras las mujeres tejían hermosos vestidos multicolores. Cuando se acercaba alguno del pueblo “La Catedral del Cielo” se escondían, porque tenían la creencia de que, si se les veía a los ojos, ellos le atrapaban su alma.
El pueblo de Betel, tenía en profundo del bosque una princesa virgen llamada Flor Ninfa. Los sacerdotes de la tribu la invocaban para curar algún enfermo o para pedirle que les levantara el ánimo sexual. Ella les enseñó el secreto y el poder que tienen las plantas para vigorizar y fortalecer la sexualidad. Comenzó explicándoles que las plantas de anchua, moras amarillas y el matasano hacían que la erección fuera más consistente. El aguacate con cebolla, especial para que las mujeres lubriquen y tengan orgasmos energéticos y placer sin tiempo. La cáscara de la sandía servía para levantar el sexo de un adulto como si fuera un joven de 20 años. La jalea real de la avispa “quita calzón”, mariscos frescos, miel de abeja, larvas de hormigas, frijol de soya, el polen de la floresta, ancas de rana, ceviche, vino de coyol, vino de uvas, chicha, chinchibí y un trago de aguardiente todos los días.
De la enigmática Flor Ninfa nadie sabía nada. Algunos decían que era más vieja que cualquiera de los ancianos, pero tenía cuerpo de joven. Otros aseguraban haberla visto en las noches cabalgando desnuda rumbo a las cataratas que había en lo más profundo del bosque donde estaba vedado para los demás mortales. Se creía que en esas aguas adquiría la belleza y su inmortalidad.
Flor Ninfa no era feliz. Los mismos espíritus que ella invocaba para curar a sus hermanos, le habían dicho en sueños que estaba enferma de amores, enferma del corazón y se curaría cuando conociera al amor de su vida. El amor, la pasión y el sexo duele y la cura de su mal vendría de La Catedral del Cielo.
Una noche de setiembre, en el Cosmos se alinearon los planetas y la luna llena estaba más grande, más hermosa y bella que nunca.
Florencio contempló la luna y se enamoró. Olvidó sus tristezas y por primera vez desapareció la imagen de su mujer. Ésta vez no lloró. Le bañó su rostro una brisa suave con olor a tierra mojada pidiendo la siembra de cultivo nuevo. Corrió desesperado río abajo, una gran fuerza le impulsaba a hacerlo. Corrió por muchas horas, por veredas agrestes, por senderos largos y tortuosos. Cayó extenuado en un playón de la ribera del rio, en un lugar en donde nadie había llegado jamás. Sintió que la luna lo había escuchado y se sentó a esperar la fuerza de su destino.
En Betel, la princesa virgen se bañaba en su catarata preferida. Vio hacia el cielo y observó las estrellas alineadas y la luna enrojecida llena de amores. Su cuerpo se estremeció. Una energía salió de ella y un deseo entró a su cuerpo. De repente observó por primera vez su cuerpo desnudo. Nunca había reparado en su propia belleza. Se descubrió a sí misma. Se sintió diferente, feliz, natural. Caminó lentamente y vio su imagen reflejada en las aguas tranquilas. Trató inocente de recoger su propia imagen del agua escapándose entre sus dedos. Esperó que las aguas se aquietaran. Viéndose de nuevo inspirada, tocó sus labios, sus ojos, su cara, sus pechos. Deslizó suave sus dedos por su ombligo y acarició todo su cuerpo. Perdió la inocencia.
Como una gata en celo, subió en forma vertical la catarata para alcanzar la luna. Superó las rocas, ramas, árboles y todos los obstáculos. Corrió rio arriba muchos kilómetros. La luna también corría a la par de ella. La princesa vestida de polvo de estrellas, plantas del manglar y de achiote, llegó hasta un playón de la ribera del río y allí estaba él esperándola.
En mis pensamientos convulsos me imaginaba que Florencio era el mismísimo don Sirius y que su mujer de trenzas largas era la princesa Flor Ninfa la mujer que cabalgaba desnuda. Esculqué su cuerpo, mis ojos se encontraron con los de ella. A hurtadillas ella me miró y me guiñó un ojo. Entré en pánico al imaginarme que adivinaba mis pensamientos morbosos y que me iba a robar mi alma. Mi madre al verme temblando y sentir la fuerza con que agarré sus piernas me dijo:
-No te escodas pareces un indio-