Pinceladas del recuerdo
Autora: Marta María Hernández Mendoza
Recorriendo con una amiga el lugar donde crecimos en San José parte de Barrio Luján avenida 14 en la calle 13, ahí por donde pasa la línea del tren, observamos que no obstante el tiempo transcurrido aún prevalecen trozos de historias vividas por nuestra generación, de alguna manera asidas a viejas casas y viejas calles y aceras que se resisten a los torbellinos de la modernidad.
Contar a las nuevas generaciones parte de una historia no escrita, es también el derecho de mis contemporáneos a ser incluidos, integrados y partícipes de la sociedad actual. Precisamente el aspecto central del objeto de la Convención Interamericana protectora de la Persona Adulta Mayor.
Las pinceladas de los recuerdos que aquí comparto, reflejados en esas viejas estructuras de un trayecto corto en la avenida 14, que conduce a la Clínica Bíblica, pretende hacer valer ese derecho de comunicación y por lo tanto de participación en la construcción cultural cuyo cimiento no puede ser sino también la memoria histórica, mucho no escrita pero que cargamos los Adultos Mayores.
La casa de la recordada profesora de dibujo, Olguita Muñoz, profesora en la Escuela Marcelino García Flamenco, que además de dar clases de dibujo, confeccionaba y pintaba los murales que se requerían para las presentaciones artísticas en el Teatro Nacional (1950). Su casa de madera se conserva igual: de una planta, esquinera, sobre la avenida 14, frente a la línea del tren.
A unos cuantos metros del Sur, está la propiedad de la casa de la familia Curling, familia afro caribeña, que se ha destacado por sus logros y superación.
Siguiendo siempre sobre esa avenida, se encuentra la casa que igualmente mantiene el diseño original, y que perteneció al Periodista Francisco María Núñez, “Paquito Núñez” como cariñosamente se le llamó. Su profesión la realizó con gran compromiso, logrando grandes reconocimientos. Su señora, la Profesora Evangelina de Núñez, ambos de grata memoria, también se destacó trabajando con gran mística por la promoción de las costumbres y los bailes folclóricos costarricenses. La frecuentaban grupos de alumnos, con sus trajes típicos ensayando para las presentaciones de las fiestas patrias.
La mayoría de estas casas tenían un patio grande con árboles frutales como caces, naranjas, limas, que se han perdido, nísperos y no faltaban las matas de plátanos y las gallinas cacareando sus huevos.
Continuamos el recorrido llegando a lo que hoy es un parquecito y que en aquellos tiempos era un lugar en donde pastaban los caballos de los carretones, vehículos rústicos que servían de transporte de carga. Inmediatamente después se encontraban Los Mercaditos. Su construcción era de madera. Una especie de casona de grandes dimensiones y, entrando no más, había un molino para moler maíz. En su interior había tramitos, unos con verduras, otros de tortillas, en otros vendían comida o natilla y leche casera de Coronado.
Al frente Norte de Los Mercaditos se encontraba el “Teatro Castro”. Sus asientos, todos bancos de madera y el valor de entrada de 15 céntimos. Llegando a la esquina Oeste había un negocio tipo soda cuyo nombre era “La Nave” ubicada sobre el “Paseo de los Estudiantes” esquina oeste de Los Mercaditos, hoy “Bulevar Chino”.
En ese punto de nuestro recorrido recordamos a dos personajes significativos en nuestras infancias “Hernán Correa” y “María Aguacates”. “Correa” porque llevaba por faja un mecate, andaba descalzo con pantalón y camisa arrollados, y “María Aguacates” porque andaba siempre pintarrajeada, con ropas de colores en combinaciones muy llamativas, zapatos viejos de tacón y cartera.
Juntos daban un espectáculo terrible, Hernán la correteaba para pegarle con la correa y ella gritaba, hasta que cada uno tomaba rumbo distinto. Quien se acercara corría la misma suerte.
También por esta esquina don Arnulfo Arias “sacaba dientes o las muelas” y su “consultorio” se encontraba cerca de la Iglesia de la Soledad. Tenía don Arnulfo, un carro negro de cigüeña, y los niños salíamos a saludarlo.
Al frente oeste de La Nave nos hayamos “La Puerta del Sol”, en aquellos tiempos un negocio de abarrotes pertenecientes a la familia Antonini, muy trabajadora.
Sobre el Paseo de los Estudiantes dos cuadras al Sur está el Liceo de Costa Rica, institución centenaria fundada en el año 1887 y declarada “Benemérita de la Cultura y Educación Costarricense”.
La calle 9, según los historiadores adquiere el nombre de “Paseo de los Estudiantes” como reconocimiento al valor demostrado por los alumnos del Liceo de Costa Rica, del Colegio de Señoritas y del Colegio Seminario, quiénes en gesta histórica del año 1919 se lanzaron a las calles en la lucha por la libertad y la democracia de Costa Rica, para enfrentar la dictadura conocida como de los “Tinoco” (1917-1919). Esto es parte de la memoria colectiva y ocupa un lugar especial en el fortalecimiento de la herencia histórico-cultural de Costa Rica. Fuente: https://es.wikipedia.org/wiki/Paseo_de_los_ Estudiantes_(Costa_Rica).
Al costado Norte del Liceo de Costa Rica, vivió el General Jorge Volio, Benemérito de la Patria.
Siguiendo hacia la esquina Oeste encontramos una casa de madera esquinera de una planta. Por el año 1940 vivió en ella con su familia, don Santos León Herrera de grata memoria (1874-1950). Allí se escucharon mis llantos de recién nacida, esto porque don Santos tenía un nieto de la misma edad mía y su madre no podía amamantarlo. Mi madre que era la generosidad en persona, con leche suficiente lo alimentó salvándole prácticamente la vida, ya que aquel niño tuvo principios de “gastro”. En esa época era una enfermedad mortal, todo niño que la padeciese, debía ser amamantado o moría.
Don Santos León Herrera, fue un político que ejerció la presidencia de la República por dieciocho días, bajo el cargo de “Tercer designado” para servir como puente entre el gobierno de Teodoro Picado Michalski y la llamada Junta Fundadora de la Segunda república presidida por José Figueres Ferrer, al final de la Guerra Civil de 1948 (Wikipedia, 2017).
Continuando el recorrido hacia la cuadra que sigue 100 metros antes de la Clínica Bíblica, recordamos que allí vivió don Joaquín García Monge, escritor intelectual, educador y Benemérito de la Patria. Apenas logramos recordarle como era físicamente, bajito, gordito, dinámico, pero si recordamos vívidamente un detalle muy lindo, su gentiliza de avisar cuando no se encontraba en casa, lo hacía con un cartelito que dejaba colgando en la puerta diciendo “ahora no me encuentro pero no tardo en volver”.
Seguimos “caminando en el recuerdo” y llegamos a la Escuela Marcelino García Flamenco, en la que estudiamos de primero a sexto grado, en su viejo y señorial edificio de dos plantas, de madera, lleno de muchos y hermosos recuerdos. Hoy, con su actual construcción tiene un diseño diferente y no podría ser igual. Diagonal a la escuela está el Hospital Clínica Bíblica, mis hijos nacieron allí, asistidos por la doctora Cameron.
Actualmente impresiona la transformación de ese espacio, su crecimiento estructural con grandes parqueos. Todo ello nos hizo pensar en cómo van desapareciendo las evidencias físicas de nuestra historia. El paso de la modernidad es implacable, tanta historia olvidada en un trecho tan corto de nuestra capital, hace necesaria la tradición oral de las generaciones que se suceden las unas a las otras, pues somos al fin y al cabo partícipes de la historia.