Pasión, muerte y resurrección del amor
Autor: Mynor Sandoval Vargas
Esta noche he deseado la muerte.
Caminé todos los senderos del miedo
buscando una luz que iluminara las sombras.
Esperé mil veces por tu voz clandestina
que secara mis lágrimas que brotaban amargas
de mis ojos sin sueño, en mi noche de insomnio.
Los fantasmas del miedo se colaron de pronto
para hablarme de sustos tragedias y llanto.
Te pensé ya sin vida en tu lecho de muerte,
o derrochando amores en los brazos de otro,
o herida sin mí musitando mi nombre.
A Dios le pedía que si era venganza
de justicia divina, era yo quien debía,
por amarte tan hondo, padecer cruel castigo.
Le pedí de rodillas que si tú ya eras muerta
por lo menos me diera el consuelo de verte
y saber con dolor que ya eras eterna..
No vino la muerte a calmar mis tormentos,
ni te vi a ti de nuevo, ni dejé de pensarte.
Transcurrieron las horas como siglos y siglos,
y el sol no llegaba a espantar los fantasmas.
Me quedaba en silencio para oír si me hablabas.
Pero sólo la noche con sus miles sonidos
acunaba mi llanto y miraba serena.
No podía interpretar tu silencio profundo
e imaginé lo peor: que dejaste de amarme.
He seguido en insomnio musitando tu nombre
anhelando con fuerza que no llegue la noche.
Que callen los mares la alondra y el viento,
ha muerto el amor, lo ha matado el silencio.
Murió envenenado reventado de celos,
murió calcinado en la hoguera del llanto.
Debióse su muerte a una espera muy larga,
anhelando del beso el aliento de vida.
Le urgían palabras que le hablaran muy quedo
de promesas heroicas y te amos eternos.
Ha muerto el amor lo ha matado el dolor
de no saber con certeza dónde estaba su amor,
en ese viernes de estío, de calvario y de muerte.
Fue sencillo su entierro por los pocos dolientes
que lloraban ahogados de impotencia y cansancio.
Asistieron por orden de llegada al calvario
dos pensamientos que moriste o me olvidaste,
cuatro miedos: perderte, no verte, morirme, olvidarte.
Yo cavé la tumba yo puse las flores yo hice vigilia
de un alba a otra alba de un sábado amargo.
El amor había muerto y yacía enterrado,
mientras el amor seguía esperando con calma
que un milagro imposible el amor realizara.
Cuando todo auguraba que el amor no volvía
se escuchó dominguera una gran alegría,
una fiesta en colores mil sonoras trompetas
anunciaban festivas por los cuatro rincones
que el amor despertaba de su sueño de muerte.