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Cuento

El milagro de la puerta angosta

Autor: Ricardo Arroyo Hidalgo

Don Jorge tenía ya casi veinte años de casado con su esposa Rosibel. Tenían una pareja de hijos encantadores: Julia y Roberto. La relación entre ambos cónyuges era bastante buena, excepto que tenían un pequeño gran problema: la madre de Rosibel, o sea, la suegra de Jorge, una señora por cierto muy voluminosa, era aún más voluminosa en asuntos de ́ ́metichicidad ́ ́,es decir, era muy metiche. Ella quería decidir cuántos hijos debería tener su hija, cómo se llamarían, en qué escuela deberían estudiar, quería escogerles la ropa, etc. Además, quería disponer cómo manejar los asuntos de la casa de su hija: dónde colocar los muebles, qué marca de café deberían tomar, qué programas de televisión deberían ver, y así todo. Don Jorge venía trague que trague todos estos años, pero por el amor que le tenía a su esposa y a sus hijos, prefería morderse los labios y guardar silencio.

La casa en que vivían era pequeña y vieja, la había construido el abuelo de Jorge hacía ya muchos años. Julia entraría a la universidad en pocos meses, y Roberto lo haría un año después. Así que decidieron que era el momento de hacer casa nueva, desde luego, un poco más amplia.

Jorge tuvo una idea que consideró genial: al construir la nueva casa, dejaría la puerta de entrada tan angosta, que no pudiera entrar su suegra, que como ya hemos dicho, era bien gordita. Pero al consultarlo con su mujer, a ésta no le pareció una feliz idea, pues a todas luces, era una grosería para su querida mamacita. Pero con tal de salvar su matrimonio, que ya estaba entrando en crisis, accedió.

Doña Estrella, que así se llamaba la famosa suegra, haría un viaje a los Estados Unidos, y estaría allá por varios meses, lo que aprovecharían para hacer la casa a su gusto y no al de ella.

Efectivamente, hicieron la casa con la puerta de entrada muy angosta, y como ellos eran todos muy delgados, no tendrían problemas para entrar o salir. La puerta que comunicaba la cochera con la cocina, también quedó muy angosta, de manera que la pobre suegra se quedaría fuera de todas maneras. Claro que don Jorge dejó una puerta secreta más amplia, que comunicaba la cochera con el resto de la casa, para así poder entrar muebles o cosas grandes, u otras personas gorditas, siempre que no tuvieran las costumbres ́ ́suegriles ́ ́. Para que esta puerta quedara invisible, colocaron al frente cuanto chunche viejo había en la cochera. Todo se hizo con el mayor sigilo para que no se enterara doña Estrella, pues de lo contrario, se dejaría venir de emergencia desde la ́ ́Yunai ́ ́.

Cuando regresó la señora, lo primero que hizo fue visitar a su hija al día siguiente, pero, ¡oh sorpresa!, o mejor dicho ¡oh sorpresas!, porque eran dos. Primera: estaban estrenando casa. Segunda: no podía entrar. Se puso furiosa. Su hija trató de calmarla y convencerla de que todo había sido un error en los planos de la casa, y que ya nada se podía hacer, pues se echaría a perder la construcción. Además, Rosibel se comprometió a visitarla lo más a menudo posible. Doña Estrella no quedó convencida, y juró que volvería y entraría.

Pues bien, como era mujer de armas tomar, decidió ponerse a dieta estricta y hacer ejercicio. Dos días después, estaba metida en un gimnasio, siguiendo las instrucciones al pie de la letra. Poco tiempo después fue a la casa de su hija y tomó las medidas del marco de la puerta y se pagó a hacer una réplica. Con ese marco de puerta ensayaba casi todos los días, esperando el día en que pudiera atravesarlo.

Mientras tanto, don Jorge había tenido un accidente en su carro, y tenía ambas piernas quebradas. Pasaba el tiempo acostado en un sillón, leyendo o viendo televisión, y por la depresión y ansiedad que su condición le producía, comía como descosido, en especial, comida chatarra, helados y golosinas. El hombre se estaba poniendo como un oso.

Doña Estrella, por su parte, seguía haciendo lo imposible por cruzar la réplica del marco de puerta, hasta que un día lo logró. Al día siguiente estaba en la casa de su hija, quien se quedó boquiabierta al verla llegar. Casi no la conocía, estaba tan delgada, y claro, le caían los pellejos por los brazos y el cuello, pues todavía su piel no se acomodaba.

-Yo te dije que volvería y entraría, dijo doña Estrella con aires de triunfo. Jorge quiso simular una sonrisa cuando la vio, pero más bien le salió una mueca de espanto, como si hubiera visto al mismo diablo. Después de saludarla, inventó un pretexto para salir de la casa. Pensó caminar una cuadra hasta el parque, y ahí sentado, esperar la hora en que se marchara su suegra. Tomó las muletas, pero cuando quiso salir, esta vez el sorprendido fue él. Había engordado tanto, que no pasaba por la puerta. Por un instante pensó salir por la puerta secreta, pero la suegra se enteraría y él se metería en un lío peor. El tiro le había salido por la culata; tuvo que aguantarse a su querida suegrita toda la tarde.

Ahora su situación era peor que antes. Su suegra podía entrar y salir cuando quisiera, sin ningún problema, y él estaba atrapado en su propia casa sin poder salir. A veces la vida nos hace trampa, pensaba Jorge, o como dice la canción: ́ ́La vida nos da sorpresas ́ ́.

Doña Estrella, por su parte, estaba muy entusiasmada con la bajada de peso, y comenzó a practicar ciclismo para mantenerse en forma. Y no fue cuento, poco después formó un equipo femenino de ciclismo, y comenzaron a competir. Curiosamente, aquel equipo estaba formado por señoras que habían tenido sobrepeso, y lo habían vencido. Y otra particularidad: todas eran suegras.

El entusiasmo por el ciclismo, hizo cambiar totalmente la conducta de doña Estrella, pues ya casi no tenía tiempo para meterse en vidas ajenas. Jorge tuvo que someterse también a una dieta estricta, y cuando estuvo bien de las quebraduras, hacía bicicleta estacionaria, hasta sentirse ́ ́plumita ́ ́, como decimos en Costa Rica. Había recobrado su talla normal, y ya podía pasar por la puerta sin dificultad.

Con el tiempo fue limando asperezas con su suegra, la cual haciendo honor a su nombre, había llegado a ser la estrella del equipo. Y como a la estrella de un equipo de ciclismo masculino le decimos el capo, podríamos decir que doña Estrella era la capa del suyo. Tan buena amistad hicieron, que a veces la acompañaba en sus entrenamientos, junto con su esposa y sus hijos. Y hasta le ayudó a conseguir financiamiento para aquel equipo de ciclismo, ya famoso, que había adoptado el nombre de Bicisuegras.

Todo había derivado de una idea un tanto descabellada de don Jorge. Los dos habían aprendido la lección. Doña Estrella no se volvió a meter en la vida ajena, y don Jorge aprendió que, efectivamente, a veces nos sale el tiro por la culata, y como decía mi abuela: ́ ́por mala piocha ́ ́.

Pero esta historia tuvo un final feliz. Don Jorge terminó cambiando la puerta por una bien ancha, para que todos pudieran entrar cómodamente, cuando hacían fiestas familiares, suegra incluida. Total, decía, el cielo debe tener una puerta muy ancha para que todos podamos entrar.

Cierre de la obra